
Hay noticias que uno escribe. Y hay otras que cuestan escribir porque, mientras tipeás, se te aparece media vida adelante. Hoy murió Samuel “Chiche” Gelblung, a los 82 años, después de haber sido internado en el Mater Dei por un cuadro respiratorio. Hasta muy poco antes seguía trabajando, pensando programas y buscando noticias. Como si hubiera hecho un pacto secreto con el oficio: mientras hubiese algo para contar, él iba a estar ahí.
Y hablar de Chiche es hablar de un animal periodístico en el sentido más argentino de la expresión. De esos tipos que podían agarrar una noticia seria, una extravagancia, una historia mínima o un personaje salido de un bar de Constitución y convertirlo en tema nacional. Él mismo alguna vez se definió con una frase que lo retrataba entero: “Yo siempre caminé en la cornisa”. Y caminó ahí durante décadas, sin red, sin pedir permiso y muchas veces haciendo enojar a medio mundo.
Había nacido el 7 de febrero de 1944 y su gran escuela fue la gráfica. Entró a Editorial Atlántida en los años 60 y terminó convirtiéndose en una pieza central de Gente, revista que llegó a dirigir. No era todavía el Chiche televisivo de la mesa llena de papeles y cara de “acá hay algo raro”. Era un cronista dispuesto a ir donde estuviera la historia. Cubrió conflictos internacionales, la Guerra de los Seis Días, Vietnam, Biafra y distintos acontecimientos políticos y sociales en África. En aquellos años llegó incluso a utilizar el seudónimo Mariano Ovejero.
Después pasó por Editorial Perfil, La Semana, Ámbito Financiero y otros espacios de la prensa escrita. Entendía la tapa, el impacto, la foto, el título y esa cosa casi artesanal del viejo periodismo de redacción: teléfono fijo, humo, café frío y alguno gritando “¡cerramos!”. Una fauna que hoy parece de museo, pero que fabricó monstruos del oficio. Y Chiche era uno de ellos.
Después vino la radio. En 1993 encabezó La supermañana de Chiche Gelblung en Radio Libertad y desarrolló una carrera radial larguísima que atravesó Continental, Mitre, Radio 10 y otras emisoras. Tenía una virtud que parece sencilla pero no lo es: podía hablar de cualquier cosa sin que pareciera que estaba leyendo una carpeta preparada cinco minutos antes. Porque había archivo en esa cabeza. Había calle. Había curiosidad. Y había una obsesión casi enfermiza por encontrar la historia escondida atrás de la historia.
Pero en 1994 llegó “Memoria” y ahí apareció definitivamente el Chiche que varias generaciones guardamos en la cabeza. La televisión argentina descubrió un conductor distinto. No necesitaba ponerse solemne para parecer periodista. Podía entrevistar a un presidente y cinco minutos después presentar uno de los informes más insólitos jamás imaginados. Ese era su territorio.
Y qué televisión hizo, mamita.
Por sus programas desfilaron historias increíbles, investigaciones, personajes marginales, fenómenos sociales, tatuajes en vivo, pruebas con detectores de mentiras y hasta aquella legendaria autopsia extraterrestre, uno de esos momentos televisivos que todavía hoy uno mira y piensa: “Esto solamente podía pasar en la Argentina de los 90”. El límite entre información, espectáculo y delirio era finito. Y Chiche lo cruzaba con mocasines.
Después llegarían ciclos como Edición Chiche, Chiche en vivo y muchísimos otros formatos. Entrevistó políticos, artistas, delincuentes, testigos, personajes famosos y desconocidos. En 2017 hizo una conversación de más de dos horas con Cristina Fernández de Kirchner, donde consiguió llevarla de la política a terrenos personales poco frecuentes para una entrevista de ese tipo.
Chiche también entendió algo que muchos periodistas tardaron años en aceptar: la televisión es televisión. La noticia puede ser importantísima, pero si no sabés contarla, la gente cambia de canal. Él sabía ponerle clima, suspenso, indignación, humor y ese gesto suyo de mirar para un costado como diciendo “pará, pará, que acá hay gato encerrado”.
¿Se equivocó? Claro.
¿Exageró? Muchas veces.
¿Fue polémico? Toda la vida.
Pero justamente ahí estaba Chiche. Nunca pretendió ser una estampita del periodismo impoluto. Prefería ensuciarse los zapatos buscando una historia. Algunas investigaciones fueron extraordinarias; otras quedaron en esa zona gris tan propia de una televisión que vivía buscando el próximo impacto. El tipo aceptaba la discusión. Incluso admitía que había que bancarse las críticas.
Hasta sus últimos meses siguió trabajando. Había atravesado problemas cardíacos y vasculares, internaciones y colocación de stents, pero volvía. Otra vez al micrófono. Otra vez a la cámara. Otra vez a producir. En julio, cuando ya atravesaba problemas de salud, todavía hablaba de trabajo y de televisión. Según su entorno, apenas antes de esta última internación estaba incluso armando un nuevo programa de streaming. Ochenta y dos años. Algunos a esa edad discuten dónde dejaron los anteojos. Chiche estaba pensando el próximo programa.
Y hoy sus colegas lo despiden destacando exactamente eso: su capacidad de trabajo, su carácter y la escuela que dejó detrás. Porque Chiche podía ser discutido, puteado, imitado o admirado. Lo que resultaba imposible era ignorarlo.
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