
La respuesta británica no tardó: Londres reafirmó su posición sobre las islas y defendió el principio de autodeterminación de sus habitantes. En Buenos Aires, la contestación fue leída como esperable. “El que avisa no traiciona”: ambos gobiernos dejaron claro desde dónde piensan disputar.
El conflicto suma ahora un ingrediente petrolero que vuelve más áspero el tablero. Ya no se discuten solamente mapas, antecedentes y resoluciones internacionales; también hay compañías, licencias y barriles en juego. “Poderoso caballero es don Dinero”, escribió Quevedo, una verdad que en el Río de la Plata adoptamos sin necesidad de traducción.
Para la Argentina, la presencia británica constituye una ocupación ilegítima y la negociación bilateral sigue siendo el camino reclamado. Para el Reino Unido, la decisión de los isleños resulta central. “Cada uno atiende su juego”, cantaba María Elena Walsh; el problema es que aquí se juega sobre un territorio que nuestro país considera propio.
La escalada verbal puede servir para visibilizar el reclamo, pero exige precisión. “No hay que confundir gordura con hinchazón”, diría cualquier tío en un asado: una declaración contundente no equivale automáticamente a una victoria diplomática.
El desafío argentino será sumar apoyos regionales y globales sin quedar encerrado en una discusión bilateral estéril. La soberanía se construye también con puertos, investigación, logística antártica y desarrollo patagónico. “Mejor que decir es hacer”, sentenció Perón, y en el sur esa máxima pesa el doble.
La tensión continuará mientras avance la explotación de hidrocarburos. Lo importante será que la política exterior no se transforme en una sucesión de impulsos. En temas históricos, el apuro suele ser mal consejero: la firmeza vale mucho más cuando viene acompañada de continuidad.
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