
La aparición de créditos UVA por hasta 65.000 dólares para vehículos nuevos y usados reanimó al mercado automotor. El plan promete plazos largos y acceso a modelos que quedaron lejos del contado. “El auto es un hijo bobo”, decía más de un padre, pero nadie quería quedarse sin él.
La cuota inicial puede resultar atractiva, aunque la actualización por inflación exige mirar toda la película. “Cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía”: antes de firmar conviene revisar tasa, seguro, gastos y capacidad de pago.
Para las automotrices y concesionarias, el crédito puede destrabar una demanda contenida. La Argentina fabrica vehículos, sostiene empleos industriales y necesita recuperar volumen. “Industria argentina”, aquella inscripción de tantos productos, todavía conserva un pequeño orgullo de fábrica.
El consumidor carga con el recuerdo de experiencias hipotecarias complejas. No todos los UVA son iguales ni todos los ingresos evolucionan del mismo modo. “Más vale pájaro en mano que cien volando”, piensa quien compara una cuota accesible con el riesgo de que mañana se vuelva arisca.
La medida también responde a una transformación cultural: usados costosos, autos que duran más años y familias que evalúan si mantener un vehículo vale el esfuerzo. Como decía Minguito, “hay que hacer economía, hay que hacer”; el problema es que el colectivo tampoco viene regalado.
El crédito puede ser una herramienta extraordinaria si devuelve previsibilidad. Sin estabilidad de ingresos, se convierte en una promesa con letra chica. El argentino quiere volver a subirse al cero kilómetro, sí, pero ya aprendió que antes de tocar bocina hay que mirar el tablero.
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