
Diego Hartfield, extenista profesional, actual diputado nacional de La Libertad Avanza por Misiones y vicepresidente segundo de la Comisión de Deportes, quedó en el centro de una polémica después de cuestionar la dependencia de los clubes respecto de los subsidios. Durante el debate defendió el orden de las cuentas públicas y lanzó una frase que enseguida empezó a caminar sola: “Lamentablemente, vivir de subsidios puede tener sus costos”. El problema fue que el archivo tenía reservado un saque bastante incómodo.
Porque Hartfield conoce bastante bien lo que significa recibir una mano cuando uno está empezando. A los 16 años dejó Oberá y se instaló en Buenos Aires para intentar construir una carrera en el tenis. Y el propio diputado reconoció ahora que vivió becado durante un año en el CeNARD. Su aclaración fue que aquella beca provenía de la Asociación Argentina de Tenis. Pero el dato central permanece intacto: siendo un adolescente, cuando todavía era apenas una promesa, pudo vivir y desarrollarse dentro del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo, una estructura pública creada precisamente para acompañar a deportistas en formación.
Y acá aparece la pregunta que incomoda de verdad: ¿qué hubiera sido de aquel pibe de Oberá si nadie le abría una puerta?
Nadie puede afirmar seriamente qué ranking habría alcanzado sin esa oportunidad. Decir que jamás hubiese llegado sería hacer futurología barata. Pero tampoco hay que hacerse el distraído: alojamiento, entrenamiento, infraestructura y la posibilidad de instalarse en Buenos Aires a los 16 años no son detalles decorativos en la carrera de un deportista. Son condiciones materiales. Son oportunidades. Son, muchas veces, la diferencia entre poder intentarlo y tener que volver a casa.
Hartfield finalmente llegó a ser número 73 del ranking ATP en septiembre de 2007. Es un mérito deportivo suyo, desde ya: nadie gana partidos profesionales porque le regalen una cama. Pero tampoco se construyen carreras de alto rendimiento solamente con voluntad y frases motivacionales pegadas en una heladera. El talento necesita cancha, entrenador, viajes, comida, techo y tiempo. Y todo eso cuesta plata.
Por eso su posición actual resulta, como mínimo, difícil de digerir. El mismo hombre que pudo aprovechar una estructura de apoyo cuando todavía no era nadie en el circuito hoy les explica a instituciones deportivas que depender de subsidios “puede tener sus costos”. Uno escucha aquello y aparece inevitablemente aquella frase argentina de sobremesa: una cosa es hablar con la panza llena.
La discusión tampoco debería reducirse a si aquella ayuda específica salió directamente de una partida estatal o fue administrada por la Asociación Argentina de Tenis. El CeNARD no apareció por generación espontánea en una maceta. Es parte de una política pública deportiva, sostenida con recursos públicos y concebida para permitir que talentos que todavía no tienen dinero, sponsors ni apellido poderoso puedan entrenar en condiciones competitivas. Incluso hoy el Estado nacional mantiene un sistema oficial de becas para deportistas de alto rendimiento, entrenadores y personal técnico.
Y ahí está quizá la parte más áspera de toda esta historia. No se trata solamente de Hartfield. Se trata del famoso “yo pude” utilizado como argumento para cerrar detrás de uno la puerta por la que alguna vez se entró.
Porque los clubes de barrio y los centros de formación argentinos están llenos de chicos que todavía no tienen ranking, representantes ni contratos. No sabemos cuál llegará a Primera, cuál será olímpico, cuál jugará un Grand Slam y cuál simplemente encontrará allí amigos y pertenencia. Eso se descubre después. Primero hay que permitirles entrar.
Hartfield sabe perfectamente cómo funciona esa incertidumbre porque alguna vez fue él el chico de 16 años que necesitaba una oportunidad.
Quizás el debate más honesto no sea preguntarse cuánto cuesta ayudar a esos pibes.
Quizás habría que preguntar cuánto nos cuesta como sociedad no hacerlo.
Porque cuando a uno le tendieron una mano para trepar, queda bastante fulero llegar arriba y empezar a discutir si conviene sacar la escalera.
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