¡CUIDADO CON LAS BRASAS! LA HISTORIA SECRETA DEL REFRÁN QUE SIGUE HACIENDO ARDER A LOS ARGENTINOS

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¡CUIDADO CON LAS BRASAS! LA HISTORIA SECRETA DEL REFRÁN QUE SIGUE HACIENDO ARDER A LOS ARGENTINOS

El origen mitológico del chispazo: De dónde sale la milonga de que «donde hubo fuego, cenizas quedan»

Caminante de la noche, pará la oreja. Si pensabas que este refrán nació ayer en un boliche de Palermo después de cruzarte a tu ex con un trago en la mano, estás meando fuera del tarro. Estuve revolviendo carpetas amarillentas, diarios viejos y mitos que cruzaron el Atlántico para reconstruir cómo esta frase se nos metió en el tuétano a los argentinos.

Dicen los que saben —o los que la cuentan bien, que para el caso es lo mismo— que la cosa viene de muy lejos. Un mito de conventillo sostiene que la historia nació en la Vieja Europa con una leyenda trágica: la de una pareja de amantes clandestinos en una aldea medieval. Los tipos se amaban en secreto en un pajar abandonado hasta que una noche el lugar se prendió fuego por completo. La edificación quedó hecha carbón, pero en el medio del desastre, bajo la montaña de ceniza caliente, el fuego reaparecía apenas soplaba el viento. La metáfora era servida: los cuerpos y la estructura ya no estaban, pero el calor seguía latiendo en el fondo.

Pasaron las décadas, la frase cruzó el charco en barco junto con los tanos y los gallegos, y acá en el Río de la Plata le pusimos la chapa, la grasa y el bandoneón. Se hizo carne en el tango, en la calle y en la noche porteña. Porque el argentino es de guardar el pucho encendido, ¿viste?

Ya lo decía el Doctor Carlos Salvador Bilardo: «El amor es como la táctica, muchachos: podés cambiar de esquema, pero las marcas viejas no se olvidan nunca». Y tiene toda la razón del mundo. El fuego primigenio es ese romance que te dejó Knock Out, el que te hizo volar la cabeza. Pasaron diez años, te casaste, tenés dos pibes, estás más pelado que un huevo, pero te cruzás a esa piba en la fila del coto y ¡pam!: la ceniza junta brasas y prende de nuevo.

En esta tierra del «como diría Guillote Coppola: ‘¿qué me vas a hablar de fuego a mí, si viví en la caldera, papá?'», el refrán cobró una dimensión casi espiritual. No es una simple frase; es una advertencia de boliche, un consejo de estaño, una verdad del tipo que se sienta a tomar un café en la esquina.

Como ya lo dijo Moria Casán: «Si vas a revolver cenizas, mi amor, bancate el humo». Así que ya sabés, troesma: la próxima vez que sientas que un viejo amor está recontra extinguido, acordate de revisar las brasas antes de meter la mano, no sea cosa que te termines quemando de nuevo.

¿Alguna vez te tocó soplar las cenizas de un amor del pasado o sos de los que prefieren dejar el fuego apagado para siempre?

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