MURIÓ EL NEGRO ORO, EL ÚLTIMO MALEVO DEL DIAL

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MURIÓ EL NEGRO ORO, EL ÚLTIMO MALEVO DEL DIAL

Hay noticias que te caen como una piña dura en el pecho y te obligan a parar la pelota. De esas que te frenan en seco en medio de la rutina, te hacen apagar la radio un segundo y te dejan mirando el vacío en la ventana. Hoy, 25 de septiembre de 2026, la radiofonía argentina perdió una de sus marcas de agua más profundas. Murió Oscar «El Negro» González Oro a los 74 años allá en Uruguay, donde ya venía dando pelea a la salud en silencio.

Porque para entender lo que significó el Negro no alcanza con mirar las planillas de rating de la mítica AM 710 o repasar sus horas de aire en los medios. Hay que trasladarse a la Argentina del cambio de siglo. Un país golpeado, mareado, moliéndose a palos en el barro de las crisis. En medio de esa tiniebla mañanera, cuando dabas vuelta la llave para salir a laburar con el frío calándote los huesos, clavabas la aguja en el dial y se escuchaba ese grito de guerra infaltable: «¡Daaale gassss!» .

Ese no era un latiguillo cualquiera. Era una orden de largada. Un empujón en la espalda de un tipo de barrio que te decía: «Está dura la mano, maestro, pero acelerará que de esta salimos entre todos» .

Antes de convertirse en el dueño absoluto del prime time de la mañana radial, el Negro tuvo mil batallas en el lomo. Y una de las más lindas la amasó en los pasillos de Figueroa Alcorta y Tagle, en los viejos estudios de ATC (Canal 7). Épocas de televisión a tracción a sangre, con cámaras pesadas como roperos de roble, cables en el piso que parecían víboras y olor a café de filtro hirviendo en la utilería.

En esos pasillos de la televisión pública fue donde conoció a Alejandro Nizzero , hoy propietario de Diucko Digital Multimedio , pero por entonces un pibe que caminaba los controles respirando ese aire único de la producción pura. Hoy, al enterarse de la noticia, a Nizzero la voz se le quiebra y lo recuerda con los ojos nublados:

—“El Negro en la época de ATC era un terremoto de generosidad —recuerda Nizzero—. Entraba al estudio y la energía del lugar cambiaba por completo. No le importaba si eras el director de cámara o el pibe que traía la carpeta de libretos. Te clavaba ese vozarrón que retumbaba en las paredes, te daba un abrazo del alma que te acomodaba las ideas y te sacaba una sonrisa en medio de la tensión del en vivo. Tenía de la gente que sabe que la televisión la hace el grupo, el tipo de abajo Un tipo de códigos de antes, de los que ya no se consiguen en la tele de hoy”.

El Negro era eso: chapa y potrero. Mezclaba la elegancia canyengue de andar con saco de marca con la picardía de vereda. Tenía el filo de Moria Casán para la repregunta, la reflexión profunda y nostálgica que le hubiera firmado un Alejandro Dolina en el Bar El Cairo, y la sabiduría llana del abuelo Jorge o del vecino que mira el partido desde el portón de chapa.

Cuando el Negro se adueñó de la radio, no hizo periodismo de escritorio. Hizo comunidad . Te hablaba con el puro en la mano, saludaba a la Tía Marta que llamaba indignada desde el barrio, te tiraba un «¡Que pase el que sigue!» con soltura y te metía el pisotón en el acelerador para no dejarte caer. Le habló al taxista congelado en la madrugada, a la vieja preparando el mate, al pibe que iba apretado en el colectivo para el laburo.

No era un tipo de edulcorar la píldora. Como decía el Negro Fontanarrosa, «a las derrotas no hay que maquillarlas» . Si el país estaba incendiado, el Negro te lo decía de frente, pero después te agarraba de las solapas de la campera y te gritaba el «Dale gassss» para encarar el día sin aflojar.

Sus últimos tiempos los pasaron más tranquilos, mirando el mar oriental y sintiendo que el cuerpo le pedía cancha despacio. Dejó escrito en sus redes un poema de Amado Nervo: «Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo vida…» . Sabía que el partido estaba terminando.

El veredicto de El Archivólogo

Hoy la radiofonía argentina se quedó un poco más huérfana. Se fue una voz de trueno, un hombre de tabaco, café, códigos y estudio.

Pero cada vez que en una mañana fría de invierno a un argentino le cueste levantarse de la cama y sienta que la mano viene pesada, va a quedar flotando en el aire ese eco inconfundible. Ese grito que nos enseñó que ante la adversidad no hay que frenar, hay que pisar el pedal.

Buen viaje, negro. Y desde aquí, con el café bien cargado y el recuerdo intacto en la mesa del bar, te lo decimos a vos por última vez: ¡Dale gassss!

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