Por Cristian Iuale
Javier Milei llegó a la Asamblea General de las Naciones Unidas con un discurso que tuvo bastante menos de diplomacia de manual y bastante más de la marca registrada del Presidente. En su tercera intervención ante el organismo, el mandatario puso a Malvinas en el centro de la escena, cuestionó duramente el funcionamiento de la ONU, ratificó su alineamiento internacional con Estados Unidos e Israel y dedicó un tramo importante de su exposición a defender una visión de desarrollo basada en la inteligencia artificial, la libertad económica y la reducción de regulaciones.
La cuestión Malvinas fue, sin vueltas, uno de los puntos fuertes. Milei recordó que la ONU aprobó hace medio siglo la Resolución 31/49, que insta a la Argentina y al Reino Unido a abstenerse de introducir modificaciones unilaterales mientras permanezca abierta la disputa de soberanía. Su argumento fue que durante décadas hubo resoluciones y declaraciones, pero pocas consecuencias concretas. Y ahí apareció una de las frases que seguramente tendrá larga vida en los recortes de televisión: “¿De qué sirve una resolución si durante décadas la contraparte puede actuar en sentido contrario?”. El Presidente volvió a reclamarle al Reino Unido que retome las negociaciones y vinculó especialmente la discusión con la explotación de recursos naturales en el Atlántico Sur.
El asunto no cayó precisamente en terreno neutral. Horas antes, el primer ministro británico Andy Burnham había llevado también la cuestión Malvinas a la Asamblea General, mientras desde Londres se ratificó la posición británica sobre las islas. Es decir, mientras los diplomáticos acomodaban las carpetitas y los traductores afinaban los auriculares, Buenos Aires y Londres volvieron a cruzarse por una disputa que lleva casi dos siglos.
Milei también apuntó directamente contra la propia ONU. Según el contenido de su discurso, cuestionó que el organismo haya respaldado o tolerado durante décadas determinadas situaciones que, desde su perspectiva, contradicen los principios que debería defender. En uno de los pasajes más duros habló de una organización que perdió autoridad cuando sus resoluciones no tienen consecuencias efectivas. Medios argentinos destacaron especialmente el tono crítico del mensaje y sus referencias a la ONU como una institución que, para el Presidente, necesita una profunda transformación.
Pero hubo otro capítulo que excedió largamente la cuestión diplomática: la inteligencia artificial. Milei presentó a la IA como una de las grandes herramientas de transformación económica de las próximas décadas y defendió una postura de cautela frente a las regulaciones que puedan frenar su desarrollo. En ese tramo apareció una de las definiciones más llamativas del discurso: “La IA será la fábrica de alfileres del siglo XXI”, en referencia a la famosa explicación de Adam Smith sobre la división del trabajo y el aumento de la productividad. Para Milei, la tecnología debe ser utilizada como un atajo para producir más y elevar el nivel de consumo.
El mensaje también tuvo una dimensión geopolítica muy marcada. El Presidente reforzó su vínculo con Estados Unidos e Israel y se mostró alineado con la visión de Donald Trump respecto del desarrollo tecnológico. La intervención argentina ocurrió apenas un día después del discurso de Trump ante la Asamblea, donde el mandatario estadounidense también dedicó buena parte de su exposición a cuestionar el funcionamiento de organismos internacionales y a defender una política tecnológica agresiva en materia de inteligencia artificial.
Y acá aparece la parte que interesa particularmente a la Argentina doméstica: el discurso internacional de Milei se produjo mientras en Buenos Aires sigue abierta una discusión bastante más terrenal alrededor del Presupuesto 2027, con tensiones dentro de los bloques aliados por áreas como discapacidad, educación, ciencia y otros sectores del Estado. Es la clásica postal argentina: en Nueva York se habla de geopolítica, inteligencia artificial y soberanía; mientras tanto, en el Congreso se discute peso por peso cómo cerrar las cuentas.
La presencia de Milei en Nueva York tampoco fue solamente protocolar. Su viaje incluyó actividades vinculadas a empresarios, encuentros políticos y el intento de fortalecer la relación con Washington. El Presidente llegó después de que Trump pronunciara su propio discurso ante la ONU y en medio de expectativas sobre contactos entre ambos mandatarios.
Lo interesante del discurso es que Milei intentó unir varias piezas de su política exterior en una misma fotografía: Malvinas, Estados Unidos, Israel, inteligencia artificial, recursos naturales, libertad económica y una Argentina con mayor peso internacional. No fue una exposición centrada exclusivamente en política exterior tradicional. Fue, más bien, una presentación de la Argentina que Milei dice querer construir y del lugar que pretende que el país ocupe en el nuevo tablero global.
Mientras tanto, la ONU atraviesa su propia discusión sobre el futuro del multilateralismo. El secretario general António Guterres, en su último discurso ante la Asamblea antes de dejar el cargo a fin de año, pidió mayor regulación internacional de la inteligencia artificial, reclamó el fin de las guerras y planteó reformas para fortalecer las instituciones multilaterales. Es decir, exactamente uno de los terrenos donde el discurso de Milei propone una mirada bastante diferente.
La escena, entonces, tuvo todos los ingredientes para convertirse en noticia: un Presidente argentino hablando ante el mundo, una disputa histórica con el Reino Unido que vuelve a calentarse por los recursos naturales, una ONU cuestionada desde adentro y desde afuera, Donald Trump como aliado estratégico y la inteligencia artificial presentada como una de las llaves económicas del futuro.
Milei no fue a Nueva York a pasar desapercibido. Puso Malvinas sobre la mesa, volvió a marcar territorio frente a la ONU y aprovechó el escenario global para vender su propia idea de país. Diplomacia con motosierra, digamos. Puede gustar, puede generar rechazo, puede abrir discusiones de fondo, pero de tibio tuvo poco. Y en la televisión argentina, donde un discurso internacional suele durar lo que tarda el zapping en encontrar otro canal, esta vez había bastante material para el archivo.
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