
Hay algo que empieza a pasar cuando una entrevista no está apurada por encontrar el título de mañana: aparecen las personas. “El Observador del Sur”, el espacio de Diucko Digital conducido por Lucía Gutiérrez y producido por Leonardo Larrea, propone justamente eso: encuentros íntimos, conversaciones largas y la posibilidad de conocer a quienes están detrás de una historia. En esta oportunidad, Lucía recibió a Nicolás Stupenengo (@rollingrengo) para un mano a mano que arrancó en su infancia en Comodoro Rivadavia y terminó recorriendo buena parte de una vida marcada por el cine, el deporte, los viajes, un accidente que le cambió todo y, sobre todo, las ganas de seguir buscando.
Nico llegó acompañado por Sofía, su perrita, que lo acompaña a todos lados, y rápidamente apareció aquel pibe inquieto que pasaba buena parte de sus días en Santa Lucía, trepando árboles, metiéndose por los cerros, jugando con sus amigos y haciendo renegar a los golfistas. Rugby, hockey, aventuras y alguna que otra travesura completaban una infancia bastante salvaje, de esas que hoy parecen venir de otro planeta. Después llegó Buenos Aires, donde estudió medicina, teatro y cine mientras trabajaba. La medicina quedó en el camino y el cine terminó ganando la partida.
A los 34 años, Nicolás sentía que estaba viviendo ese momento que él mismo definió como su “Nirvana”: trabajaba en cine y publicidad, había sido asistente de dirección de realizadores extranjeros, entre ellos Spike Lee, comenzaba a dirigir y había armado una productora junto a un amigo. También hacía mucho deporte y practicaba yoga. Estaba, según contó, donde siempre había querido estar. Hasta que aquel fin de año en Pirámides terminó cambiándole la vida. Se tiró al agua y, en el segundo salto, sintió un “crack”. Se había fracturado la quinta vértebra cervical, que se desplazó y presionó la médula, provocándole una lesión medular cervical C5-C6.

Lo que vino después no fue presentado como una película de superación con música emotiva de fondo. Y ahí estuvo una de las partes más interesantes de la charla. Nicolás contó que hubo un momento en que entendió que estaba atravesando el peor momento de su vida y que tenía que decidir qué hacer con eso. Eligió hacer todo lo que estuviera a su alcance para estar bien, pero sin vender humo: también se deprime, se enoja, putea y tiene días malos porque, como él mismo explicó, “soy ser humano”. La discapacidad, además, implica enfrentarse diariamente con un entorno que muchas veces no está preparado, desde las estructuras hasta las personas.
Una de las frases que mejor sintetizó su mirada apareció cuando habló de la silla de ruedas: “Sigo siendo yo sentado.” Y quizás ahí esté la clave de toda la conversación. Nico no niega las dificultades ni pretende convertirlas en una postal inspiradora, pero tampoco acepta que su vida quede reducida a la discapacidad. El rugby en silla fue fundamental en ese proceso. Cuando llevaba aproximadamente un año de lesión, conoció personas que vivían de manera independiente, trabajaban, estudiaban, tomaban sus propias decisiones y hacían una vida que hasta ese momento él no imaginaba posible. Y entonces volvió algo que parecía haberse apagado: la posibilidad de soñar.
El cine, mientras tanto, siguió siendo una cuenta pendiente. Intentó regresar a las productoras, presentó proyectos al INCAA y estuvo cerca de filmar una película, pero finalmente decidió soltar esa pelea. No porque haya dejado de querer dirigir, sino porque entendió que había hecho todo lo que estaba a su alcance. Hoy mantiene proyectos que todavía quisiera realizar, entre ellos “Miranda”, la historia de una chica del interior que trabaja en un minimercado y decide viajar a dedo hasta la Feria del Libro para conocer a un escritor que admira. Y Lucía detectó algo que atraviesa varios de sus proyectos: la ruta, el viaje, el movimiento. Nicolás reconoció que probablemente tenga que ver con aquellos viajes familiares desde Comodoro, cuando la ruta era sinónimo de vacaciones y familia.

De esa relación con el viaje nació otro sueño: “el Bondi”, un colectivo que quiere convertir en una herramienta de independencia, comunicación y aventura. La idea incluye documentar el proyecto, hacer streaming desde el vehículo, realizar entrevistas en la ruta y, si las circunstancias acompañan, algún día darle la vuelta al mundo. Pero hubo otro aspecto de la charla todavía más fuerte: cuando Nicolás entendió que contar su experiencia podía servirle a otros. Durante un tiempo rechazó entrevistas porque sentía que podía haber demasiado ego en contar su propia historia. Hasta que comenzaron a llegar mensajes de personas que aseguraban que escucharlo les había cambiado la vida. Uno de ellos fue especialmente contundente: alguien le contó que había pensado en quitarse la vida y que después de escucharlo había decidido querer vivir. Ahí Nico entendió que su voz podía tener un sentido.
Sobre el final, Lucía volvió a aquella idea del Nirvana que Nicolás sentía antes del accidente y le preguntó cuál era el suyo ahora. La respuesta fue tan sencilla como profunda: no lo sabe. Tal vez esté en conseguir mayor independencia, salir a la ruta, viajar, concretar sus proyectos o, simplemente, disfrutar del proceso mientras sigue buscando. Porque quizás esa sea justamente la conclusión que dejó este mano a mano: que no siempre existe un destino perfectamente marcado y que algunas personas encuentran sentido precisamente en seguir avanzando. “El Observador del Sur” logró entonces algo que no es poca cosa: dejar hablar a una persona sobre su vida sin convertirla en una etiqueta. Y entre el cine, la silla, el rugby, Sofía, el Bondi, la ruta y los sueños todavía pendientes, Nicolás Stupenengo dejó una idea que queda picando: capaz que el lugar en el mundo no sea un punto de llegada, sino todo lo que uno se anima a recorrer mientras lo sigue buscando.
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