
Hay invitados que llegan a un programa con el discurso perfectamente planchado, tres anécdotas previamente elegidas y una respuesta diplomática preparada para cada pregunta. Y después está Juan Acosta.
Acosta llegó a Gastos, Lujos y Polenta, el ciclo conducido por Cristian Iuale y Myriam Verdú, y convirtió la entrevista en otra cosa: una sobremesa deliciosa, imprevisible y por momentos exquisitamente caótica, donde podían convivir Antonio Gasalla, Pappo, Javier Martínez, Milei, el tango, Susana Giménez, la pobreza de su infancia, Federico Klemm, una guitarra eléctrica, la política argentina y hasta una cucharita de café.
Porque Juan no parece contestar preguntas. Las toma, las pasea por Buenos Aires, las lleva de copas, les presenta algún amigo y, eventualmente, regresa al punto de partida.
Y ahí está buena parte de su encanto.
Desde el comienzo quedó claro que no iba a existir demasiada distancia entre invitado y conductores. Acosta contó, entre risas, cómo hoy recibe tantas propuestas por mensajes que desarrolló una estrategia perfecta para rechazar compromisos: decir que está en el exterior. Incluso incorporó una nueva excusa después de que, durante una entrevista con Laura Di Marco realizada en un café, lo presentaran accidentalmente como si aquel establecimiento fuera suyo. Desde entonces, bromeó, puede responder tranquilamente: “No puedo, tengo un bar”.
Detrás del chiste apareció inmediatamente una primera definición de época. Acosta confesó que todavía conserva cierta confianza en la gente, sobre todo cuando reconoce a alguien trabajando en medios. Su hija es productora y conoce bien esa tarea de conseguir invitados, llamar, insistir y armar notas. Pero también admitió que cambió sus hábitos: números desconocidos, llamados sospechosos y teléfonos que anuncian “spam” forman parte de una cotidianeidad que lo supera bastante. Los tutoriales tecnológicos, directamente, parecen haberlo vencido por cansancio.
En medio de tanta pantalla, hubo una confesión preciosa para entender dónde está parada su cabeza como artista. Si pudiera elegir, le gustaría conocer desde adentro Saturday Night Live, programa que admira por la cantidad de grandes comediantes que surgieron de allí, y si pudiera elegir quién lo entrevistara, se inclinaría por Jerry Seinfeld.
No parece casual. Acosta sigue pensando el mundo desde la comedia.
Y cuando Gastos, Lujos y Polenta lo llevó justamente hacia el humor argentino, apareció uno de los tramos más ricos de la charla. Habló de cómo cambiaron los códigos y de la transformación de figuras como Yayo, pero enseguida llegó su elección personal: Jorge Corona.
“Para mí es el mejor de todos”, sostuvo, recordando además que trabajó con él. Lo definió como un comediante excepcional, dueño de un timing único, y marcó una diferencia interesante frente a algunas lecturas actuales: según Acosta, Corona podía construir un humor cargado de malas palabras y desmesura sin que eso implicara necesariamente faltarles el respeto a las mujeres. El público sabía perfectamente qué espectáculo había ido a ver. Para Juan, lo que modificó drásticamente las reglas fue otra cosa: el teléfono celular y las redes sociales, capaces de extraer un fragmento de contexto y convertirlo inmediatamente en sentencia pública.
Él, en cambio, asegura haber mantenido una línea bastante reconocible durante toda su carrera: publicidad, teatro, televisión, radio y humor. Recordó incluso viejos comerciales de Mertiolate y Volkswagen, piezas que todavía encuentra cada tanto navegando por internet.
Pero detrás del actor existe otro Juan Acosta que durante años permaneció casi escondido: el músico.
Cuando le recordaron que alguna vez había dicho que preferiría morir siendo músico antes que actor, no retrocedió demasiado. Su explicación fue tan divertida como cruelmente cierta: mientras un músico puede continuar tocando hasta una edad avanzada, “los actores a los 50 años no tienen laburo”. Y enseguida transformó la reflexión sobre la muerte en comedia, porque Acosta parece disponer de ese mecanismo automático que encuentra un remate incluso cuando la conversación se pone oscura.
Su universo musical es bastante más amplio de lo que conoce el gran público. Viene del blues y del rock, pero hoy deja que Spotify y sus algoritmos lo lleven hacia sonidos nuevos. También escucha tango, aunque explicó que llegó a él más por amigos tangueros que por tradición familiar. De la infancia conserva, eso sí, una postal bellísima: un vecino poniendo los domingos una y otra vez el mismo disco de Ángel Vargas con Ángel D’Agostino.
Y entonces apareció uno de los datos más encantadores de la noche: Juan Acosta grabó un disco en 1999 y tocó con Pappo.
Lo contó casi como quien recuerda que alguna vez fue a comprar pan.
La música siempre estuvo allí, aunque durante mucho tiempo permaneció en segundo plano porque actuar era lo que le permitía ganarse la vida. Comparó su recorrido con artistas como Marilina Ross o Juana Molina, capaces de atravesar actuación y música, aunque en su caso nunca terminó de abandonar ninguno de los dos mundos. Incluso recordó una definición que alguna vez le hicieron y que lo pinta bastante bien: “la perla más escondida del rock”.
La entrevista inevitablemente desembocó en Antonio Gasalla, una figura central de su historia profesional. Acosta evocó aquella televisión de sketches, el trabajo junto a Juana Molina y guionistas como Veronelli, y esa gimnasia de encontrar personajes en cualquier episodio de la vida cotidiana.
Lo demostró contando una situación bastante menos graciosa: la usurpación de un departamento suyo. De aquella experiencia nació inmediatamente en su cabeza un personaje, “el policía Quintana”, porque aun en medio de un problema concreto Juan observaba nombres, comportamientos y situaciones como material de comedia.
Ese mecanismo lo conectó con La Tuerca, Telecómicos y una televisión donde la burocracia, la comisaría, el funcionario y el pequeño absurdo argentino podían convertirse en sketch. “Hoy hay tantas cosas para hacer”, explicó, aunque reconoció que los tiempos del medio cambiaron y que aquel formato debe encontrar otras maneras de existir.
Hasta que apareció la política.
Y ahí Juan Acosta no amagó precisamente con esconderse detrás de una maceta.
Aclaró que no se considera político, sino alguien que observa la realidad desde una mirada personal y que se permite cambiar de opinión. Contó que votó a Néstor Kirchner, después a Mauricio Macri y actualmente se reconoce entusiasmado con Javier Milei. Su argumento central fue justamente esa libertad para revisar posiciones: no siente que pertenecer a una tradición familiar o partidaria tenga que obligarlo a pensar siempre igual.
Acosta explicó también de dónde proviene parte de esa mirada.
“Yo cuando era chico era muy pobre”, recordó. En su casa, un churrasco era algo ocasional y su madre llegó a fabricarle un yo-yo con botones porque no había dinero para comprar uno. Pero, desde su perspectiva, aquella carencia material no significaba necesariamente una infancia infeliz. Su reflexión fue más interesante que cualquier consigna política: ayudar a quien atraviesa una mala situación no implica asumir automáticamente que esa persona perdió la capacidad de ser feliz.
Después llegó la grieta, esa especialidad argentina que conseguimos aplicar hasta a la posición de un asiento de colectivo.
Y justamente así la definió Acosta.
Para él, la grieta puede comenzar en algo tan elemental como quien viaja parado mirando al que consiguió sentarse y preguntándose por qué ese lugar no le correspondió a él. River-Boca, peronismo-antiperonismo, oficialismo-oposición: la Argentina parece encontrar con extraordinaria facilidad dos veredas para cualquier discusión. Su crítica apareció cuando esa lógica impide acompañar una medida simplemente porque la propone el adversario.
Habló de La Matanza, lugar que conoce desde su historia personal, cuestionó con dureza decisiones políticas del distrito y criticó a Fernando Espinoza. También destacó figuras con las que siente afinidad, y defendió la necesidad de que la política abandone la lógica del color partidario cuando existe algo que puede beneficiar al conjunto.
“Hay que buscar el bien común”, fue quizás la frase menos estridente y más sustanciosa de todo ese tramo.
Su mirada económica también apareció atravesada por observaciones cotidianas. Precios que permanecen estables, zapatillas nuevas que comenzó a detectar viajando en la línea B, camperas mucho más accesibles que tiempo atrás, la comparación entre productos comprados en Argentina y en Chile, y el fenómeno de Temu, donde una guitarra, una prenda o cualquier objeto puede costar una fracción de su equivalente local. Para Acosta, ese acceso obliga a discutir de otra manera qué significa proteger la industria y cómo competir con China.
La política, sin embargo, no parece seducirlo como carrera.
Cuando le preguntaron directamente si se veía candidato, apareció otra respuesta muy Juan Acosta: para dedicarse profesionalmente a eso, dijo, “tendría que mentir un poco más”. Y además existe un inconveniente todavía más grave: después de años de trabajo consiguió conquistar el derecho de dormir por la mañana y no parece dispuesto a entregarlo alegremente por un despacho. Prefiere, según su propia expresión, ser creativo, practicar cierto “alpedismo” artístico y conservar su libertad.
Sí reivindicó a personas que considera honestas dentro de ese ambiente y mencionó especialmente a Silvio Klein, compañero suyo en teatro, de quien destacó una genuina vocación política y a quien dijo esperar ver nuevamente ocupando un lugar público.
Y entonces la conversación volvió a donde quizás Juan se siente verdaderamente en casa: la creación.
Acosta propuso regresar al programa para hacer música en vivo y la producción recogió inmediatamente el guante. Habló de montar un pequeño show con canciones propias y hasta recordó un frustrado encargo para realizar un jingle de Aerolíneas Argentinas, que había comenzado componiendo alrededor de un vuelo que no salía. Todo puede terminar en canción cuando el compositor tiene suficiente sentido del absurdo.
Hubo también whisky, colecciones, regalos y una confesión acerca de cierto desprendimiento material. Acosta contó que puede regalar objetos valiosos simplemente porque siente que otra persona los disfrutará más. Una vez tuvo una colección de mates y terminó regalándolos prácticamente todos durante un programa de televisión. Tampoco es demasiado fiel a las cábalas: le duran dos días.
Quizás por eso su relación con el lujo resulta bastante menos obvia de lo que sugiere el título del programa.
Le gustan las buenas guitarras eléctricas. Le atraen los cuadros. Compra pintura. Pinta, además. Paisajes primero, rostros después, escenas inspiradas por artistas argentinos y hasta escenografías. Colecciona cuando puede obras de pintores que considera injustamente valorados y mencionó artistas ligados a La Boca, además de recordar el extraordinario movimiento cultural alrededor de Federico Klemm y Praxis durante los años 80.
Klemm ocupó otro momento fascinante de la charla.
Acosta recordó la cultura enorme que había detrás de aquel personaje televisivo al que muchos reducían simplemente a la excentricidad. Sabía de pintura, literatura y arte; hablaba de Tennessee Williams y podía pasar de una obra consagrada al diseño de una taza. Juan incluso recordó haber realizado junto a Gasalla un personaje relacionado con ese universo plástico. Y dejó una observación muy de estos tiempos: muchas veces alguien parece un loco hasta que empieza a mostrar resultados.
También habló de su propia relación con el arte y de algo que dice haber comprendido recién de grande: crear no significa copiar perfectamente la realidad, sino encontrar una mirada propia. Una mesa no necesita parecer exactamente una mesa. Una cara no tiene por qué obedecer a un manual. Cuando el artista se suelta aparece finalmente su marca.
Por eso confesó que, tanto en teatro como en pintura, tiene cierta desconfianza hacia la enseñanza demasiado rígida.
Y después llegó la edad, pero sin solemnidad.
Acosta contó que alguna vez estuvo vinculado a una agrupación de Boca y llegó a tener palco en la Bombonera. Hoy, cuando alguien lo invita a la cancha, siente que le están creando un problema: prefiere verla cómodo desde su casa antes que pasar frío. Con los Rolling Stones puede entusiasmarse, aunque después de cinco canciones ya empieza a calcular por dónde salir para volver tranquilo. Y recordó una ocasión en la que su sobrino le ofreció una entrada para ver a Los Piojos cerca de River: eligió seguir camino.
No es desamor por la música.
Es amor por el sillón.
Y pocas conquistas de la adultez son tan sinceras.
Pero si algo todavía consigue sacarlo de casa es el teatro, especialmente el propio.
Acosta está presentando “¿Qué somos?”, obra escrita y dirigida por él, en la que también actúa junto a Silvio Klein, Rubí Montalvo y Guillermo Yanco. Se presenta los sábados a las 21.30 en La Casona, Corrientes 1975, y durante la entrevista contó con satisfacción que la función inmediata ya estaba agotada.
Ese presente teatral abrió una extraordinaria puerta hacia el pasado.
Juan recordó sus noches en el Parakultural, aquel laboratorio irrepetible de los años 80 donde convivían artistas, performers, músicos y criaturas que después marcarían una época. Allí compartió espacios con figuras como Alejandro Urdapilleta y también se cruzó con Luca Prodan.
La anécdota parece salida de una película.
Acosta estaba junto a la barra tomando una gaseosa cuando Luca se acercó y comenzaron a conversar. Lo recordó como un hombre culto, muy lejos de la caricatura superficial del rockero salvaje. En determinado momento una chica se sorprendió al verlo pelado. La respuesta de Luca, inmediata y filosa, quedó grabada para siempre en la memoria de Juan.
Décadas después, Acosta la sigue contando como si aquella noche todavía estuviera ocurriendo.
También hubo lugar para Javier Martínez, fundador de Manal y figura esencial del rock argentino. Acosta recordó encuentros vinculados al viejo Kilkenny y hasta un whisky especial que terminó regalándole al músico. Historias mínimas que, en boca de alguien que estuvo allí, dejan de ser nostalgia prefabricada para convertirse en archivo vivo.
Y quizá esa sea la definición más precisa del Juan Acosta que pasó por Gastos, Lujos y Polenta.
Un hombre que puede hablar del presente político con vehemencia y cinco minutos después recordar un disco de tango que escuchaba un vecino durante su infancia. Que puede declararse mileísta sin abandonar una historia artística atravesada por el Parakultural. Que trabajó con Gasalla, admira a Corona, tocó con Pappo, conversó con Luca Prodan, conoció a Javier Martínez, pinta cuadros, escribe teatro y todavía sueña con subir a un escenario con una guitarra.
Al final de la entrevista aseguró que estaba feliz con el momento que atraviesa el teatro argentino. Reivindicó la enorme cantidad de jóvenes que están volviendo a las salas y defendió, con su habitual vehemencia, la riqueza cultural del país y la calidad de sus directores.
Cristian Iuale y Myriam Verdú prácticamente tuvieron que despedirlo porque el tiempo televisivo, esa dictadura minúscula que ni siquiera Juan Acosta puede derogar, había terminado.
Él respondió prometiendo volver.
Pero no solamente para otra entrevista.
Quiere regresar con banda, canciones y un pequeño show en vivo.
Y sería bastante coherente.
Porque después de semejante charla quedó claro que entrevistar a Juan Acosta nunca consiste simplemente en recorrer una carrera.
Consiste en abrir una puerta y encontrarse con un país entero adentro.
Un poco Gasalla. Un poco Pappo. Algo de política. Una vieja publicidad. Un cuadro de La Boca. Un yo-yo hecho con botones. Una copa de Susana Giménez. Luca en una barra. La Bombonera vista desde el sillón. Una guitarra esperando volver a sonar.
Gastos, lujos y polenta.
En definitiva, exactamente eso.
La Argentina servida en una misma mesa.
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