
Franco Colapinto terminó conmovido después del Gran Premio de Italia y sus lágrimas se convirtieron en una de las imágenes deportivas del fin de semana. “Los hombres no lloran” quedó felizmente viejo: los pilotos también sienten, se frustran y cargan expectativas enormes.
Monza es velocidad, historia y presión. Cada error cuesta posiciones y cada resultado se analiza como un plebiscito. “Segundos afuera”, diría un relator de boxeo, pero en Fórmula 1 nunca hay realmente afuera: la competencia continúa dentro de la cabeza.
Colapinto representa una ilusión argentina que volvió a mirar la categoría con pasión. Ese entusiasmo puede empujar y también pesar. “No lo soñé”, decía Marcelo Bielsa ante ciertas conquistas; miles de argentinos sí soñaron volver a tener un piloto propio.
Las redes mezclaron apoyo, análisis técnico y crueldad instantánea. El automovilismo sabe que “para ganar primero hay que llegar”, máxima atribuida a Juan Manuel Fangio; también sabe que para crecer hay que atravesar domingos ingratos.
El piloto deberá transformar la emoción en aprendizaje y enfocarse en la próxima fecha. En el deporte profesional no existe demasiado tiempo para el duelo. “Mañana es mejor”, cantó Spinetta, y para un corredor mañana siempre significa otra curva.
Las lágrimas no achican a Colapinto: muestran cuánto le importa. La Argentina suele abrazar a sus deportistas cuando ganan y examinarlos con severidad cuando pierden. Tal vez la madurez consista en acompañarlos también cuando bajan del auto sin respuestas prefabricadas.
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