
El dólar oficial comenzó el lunes a $1480 para la compra y $1530 para la venta en el Banco Nación, mientras el blue rondaba los $1540. La brecha luce angosta, pero el argentino aprendió a mirar la pizarra como quien consulta el pronóstico antes de salir. “El que se quemó con leche ve una vaca y llora”.
La cotización se mueve cerca de un techo psicológico que el mercado observa con lupa. Empresas, ahorristas e importadores recalculan decisiones, porque aquí “cuando Estados Unidos estornuda, la Argentina se resfría”, y cuando el dólar carraspea directamente aparecen los pañuelos.
La estabilidad cambiaria es uno de los activos que el Gobierno quiere proteger. El problema consiste en sostenerla sin congelar el crédito ni frenar la actividad. “El que apuesta al dólar pierde”, anunció Lorenzo Sigaut en 1981; la historia convirtió aquella frase en advertencia nacional sobre los pronósticos demasiado seguros.
En la calle, el dólar continúa funcionando como termómetro de confianza. Un movimiento pequeño puede disparar remarcaciones preventivas, porque muchos comerciantes prefieren cubrirse antes que lamentarse. “Más vale prevenir que curar”, aplicado a la economía argentina, a veces termina provocando aquello que se quería evitar.
El mercado aguardará señales del Banco Central y del equipo económico. Reservas, tasas y liquidación exportadora integran el mismo rompecabezas. Como decía Tato Bores, “la culpa no es del chancho sino del que le da de comer”; la pregunta es quién alimenta las expectativas.
Por ahora no hay corrida, pero tampoco indiferencia. El dólar podrá cambiar de traje, llamarse oficial, blue, tarjeta o financiero; en el imaginario argentino sigue siendo ese pariente complicado que aparece sin avisar y obliga a contar nuevamente los cubiertos.
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