
El Gobierno prepara el Presupuesto 2027 con el equilibrio fiscal como mandamiento principal. Será la hoja de ruta hacia un año electoral y, por eso, cada número tendrá lectura económica y traducción política. “Los números tienen que cerrar”, suele repetir Luis Caputo; el asunto es sobre quién termina cerrándose la cuenta.
Los gobernadores pedirán fondos, infraestructura y previsibilidad. La Casa Rosada reclamará disciplina y acompañamiento legislativo. “Nadie se salva solo”, dijo el papa Francisco, y el federalismo argentino funciona precisamente así: la Nación necesita a las provincias y las provincias dependen de decisiones nacionales.
El proyecto deberá transparentar supuestos de inflación, crecimiento, recaudación y gasto. Si las proyecciones parecen demasiado optimistas, la discusión comenzará torcida. “El papel aguanta cualquier cosa”, recuerda el refrán; el almacén, la industria y el bolsillo son bastante menos tolerantes.
La obra pública será uno de los puntos más sensibles. Para muchos distritos no se trata de una cuestión ornamental sino de rutas, agua y empleo. “Gobernar es poblar”, escribió Alberdi; dos siglos después también podría agregarse que gobernar es conectar, producir y evitar que el interior quede mirando desde la banquina.
El oficialismo necesitará votos ajenos y allí comenzará el mercado persa parlamentario. Habrá pedidos, concesiones y discursos de pureza que durarán lo que tarde en abrirse una negociación. “Todo pasa”, decía el anillo de Julio Grondona, aunque algunas partidas presupuestarias pasan dejando cicatrices.
El Presupuesto mostrará cuál es el país que el Gobierno imagina para 2027. No existe plan verdaderamente neutral: priorizar una partida significa postergar otra. La planilla Excel puede ser fría, pero detrás de cada casillero hay gente que espera que la macroeconomía finalmente baje del escenario y toque timbre en su casa.
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