ALEJANDRO NIZZERO, EL DECANO DE LA TELEVISIÓN: «LA HISTORIA OFICIAL»

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ALEJANDRO NIZZERO, EL DECANO DE LA TELEVISIÓN: «LA HISTORIA OFICIAL»

Por Alejandro Nizzero – El Decano de la Televisión | Presidente de Diucko Digital

Mire, pibe… hay películas que uno recuerda porque fueron un éxito. Y después están esas otras que no se olvidan jamás porque mientras se estaban haciendo ya eran historia. «La historia oficial» pertenece a esa categoría. No era una filmación más. Era una época. Era un país entero tratando de mirarse al espejo después de años muy difíciles.

Yo tuve la suerte de criarme entre actores. Mi viejo, Alejandro Anderson, trabajó con Sandro, con las grandes figuras del cine argentino y con esa camada de monstruos sagrados que después se transformaron en leyendas. En mi casa, créame, el teléfono sonaba más por actores que por parientes. Los domingos había más artistas sentados a la mesa que cucharas en el cajón. Y uno, de pibe, hacía silencio y escuchaba. Porque ahí estaba la verdadera universidad del espectáculo.

Siempre digo que los estudios de cine no terminaban cuando el director gritaba «¡Corten!». Ahí recién empezaba lo mejor. Después venían los cafés, los bodegones, las sobremesas interminables, las discusiones, las cargadas, las anécdotas. Y muchas veces esas historias terminaban en casa. Mi vieja servía café, alguien abría una botella de vino y los actores empezaban a largar todo lo que había pasado durante el día. Yo escuchaba fascinado. Era como tener una entrada permanente al detrás de escena del cine argentino.

Cuando Luis Puenzo empezó a preparar La historia oficial, muchos dentro del ambiente entendían que no era una película cualquiera. Era un tema delicado. Muy delicado. Había miedo. No ese miedo cinematográfico que hoy se vende en las series. Hablo del miedo de verdad. Del que hacía mirar dos veces antes de doblar una esquina. Del que obligaba a bajar la voz cuando se hablaba de ciertos temas.

Recuerdo perfectamente a varios colegas de mi viejo comentando que Norma Aleandro estaba haciendo un acto de enorme valentía. Ella acababa de regresar del exilio y aceptar ese personaje era muchísimo más que interpretar un papel. Era poner el cuerpo. Era jugarse el prestigio, la tranquilidad y, para muchos, hasta la seguridad personal.

En aquella época los actores no salían a contar en Instagram cómo había sido el rodaje. Las historias viajaban de boca en boca. Como se hacía antes. «Che, hoy pasó esto…», «¿Sabés lo que dijo Luis?», «No sabés el clima que había en el set…». Así se enteraba uno de todo.

Me acuerdo que un actor amigo de mi viejo volvió una noche impresionado porque decía que el ambiente del rodaje era rarísimo. Familiar por un lado… y de enorme tensión por el otro. Mientras los chicos de la familia Puenzo jugaban alrededor de las cámaras, los adultos sabían perfectamente que estaban contando una historia que todavía dolía demasiado.

Y después llegaron las amenazas.

Eso también se comentaba.

No salía en los diarios con la facilidad de ahora, pero en el ambiente artístico todos sabían que había aprietes. Que algunos querían que esa película no existiera. Que se filmaba casi con la sensación de estar haciendo algo clandestino. Mire si sería fuerte el clima que hasta se decidió hacer creer que el rodaje había terminado para poder seguir trabajando con mayor tranquilidad.

Así era aquella Argentina.

Había mucho coraje escondido detrás de una claqueta.

Siempre me impresionó otra cosa que me contaban. Luis Puenzo era un hombre muy tranquilo. Nunca levantaba la voz. No necesitaba hacerse el director gritando órdenes. Convencía desde otro lugar. Y el «Chango» Monti, con la fotografía, tenía clarísimo que la película no necesitaba grandes efectos. Lo importante estaba en las caras. En los silencios. En las miradas. Ahí estaba toda la película.

Y eso se nota todavía hoy.

Fíjese que uno puede olvidarse de un diálogo, pero jamás se olvida la expresión de Norma Aleandro cuando empieza a descubrir la verdad. Es de esas actuaciones que no envejecen. Porque la emoción verdadera nunca pasa de moda.

Después vino Cannes.

¡Mamita querida… qué revolución fue eso!

Al principio nadie daba dos pesos por la película afuera. Llegó casi en puntas de pie. Sin hacer ruido. Como esos caballos que después terminan ganando el Gran Premio. Pero bastó que empezaran a verla los críticos para que el comentario corriera como reguero de pólvora.

Cuando Norma ganó el premio a Mejor Actriz compartiéndolo con Cher, el ambiente artístico argentino explotó de orgullo. Yo me acuerdo de escuchar a productores decir: «Ahora sí nos van a mirar de otra manera». Y tenían razón.

Pero lo mejor estaba por venir.

La noche del Oscar del 24 de marzo de 1986 fue una de esas noches que los que amamos el cine no olvidamos nunca. Yo estaba pegado al televisor. En aquella época la televisión todavía tenía magia. Uno esperaba esos acontecimientos como si fueran un Mundial.

Y cuando abrieron el sobre…

«…And the Oscar goes to… The Official Story

¡Qué momento, hermano!

Los teléfonos empezaron a sonar por todos lados. Parecía un gol de la Selección. Porque no ganaba solamente una película. Ganaba el cine argentino. Ganaban los técnicos, los iluminadores, los sonidistas, los maquilladores, los utileros, los actores, los directores… ganaban todos los que durante décadas habían dejado el alma para que el cine nacional fuera respetado en el mundo.

Yo siempre digo que el Oscar fue la consecuencia.

La verdadera victoria había ocurrido mucho antes.

Había sido el día en que un grupo de artistas decidió contar una historia que muchos preferían seguir escondiendo debajo de la alfombra.

Eso fue lo verdaderamente valiente.

Lo otro vino solo.

Porque cuando una película nace de la honestidad… tarde o temprano encuentra su lugar en la historia.

Y La historia oficial encontró el más grande de todos.

Los premios llenan vitrinas.

Las buenas películas llenan salas.

Pero las obras maestras llenan generaciones enteras.

La historia oficial no ganó un Oscar solamente porque estaba bien filmada o porque tenía actuaciones extraordinarias. Lo ganó porque tuvo el coraje de hablar cuando todavía costaba hacerlo.

Mi padre, Alejandro Anderson, siempre repetía una frase que escuchó mil veces en los estudios Lumiton: «Las películas terminan cuando se apagan las luces del cine… o cuando la gente sigue hablando de ellas durante cincuenta años.»

Y esta película sigue provocando conversaciones cuatro décadas después.

Entonces no hay mucho más para discutir.

Eso, muchachos… es el verdadero cine.

Y como decíamos los porteños de aquellos años, mientras apagábamos el último cigarrillo del café: «¡Qué fenómeno… esto sí que va a quedar para la historia!»

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