SE FUE ANTONIO RATTIN: EL HOMBRE QUE HIZO CALENTAR A LOS INGLESES… Y OBLIGÓ AL FÚTBOL A INVENTAR LA TARJETA ROJA

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SE FUE ANTONIO RATTIN: EL HOMBRE QUE HIZO CALENTAR A LOS INGLESES… Y OBLIGÓ AL FÚTBOL A INVENTAR LA TARJETA ROJA

«Los hombres pasan, las leyendas quedan». La frase se repite tanto que parece gastada. Pero cada tanto aparece alguien que le devuelve el sentido. Antonio Ubaldo Rattin fue uno de esos tipos. No hizo falta que levantara una Copa del Mundo para entrar en la inmortalidad. Le alcanzó con plantarse en Wembley, mirar de frente al poder del fútbol y protagonizar uno de esos momentos que, como decía Tato Bores, «vermouth con papas fritas y good show», quedaron para siempre en la memoria de los argentinos.

Por Gonzalo Guardia – El Archivólogo

Hay noticias que duelen aunque uno no haya conocido personalmente al protagonista. Porque se va un pedazo de la historia. Porque se apaga una voz de otra época. Porque, como decía Alberto Olmedo, «si me querés, quereme completa», y el fútbol argentino no puede contarse completo sin nombrar a Antonio Rattin.

A los 89 años murió el eterno capitán de Boca Juniors, el caudillo de la Selección Argentina, el cinco elegante que metía más respeto con la mirada que con una patada. Un jugador de esos que hoy parecen fabricados en otro planeta. Sin tatuajes, sin peinados extravagantes, sin redes sociales. Con el pecho inflado de orgullo y una camiseta que pesaba más que cualquier contrato.

Muchos lo recordarán por los 382 partidos con la azul y oro. Otros por los campeonatos. Los más jóvenes quizás hayan visto alguna foto en blanco y negro sin entender demasiado qué estaba pasando. Pero los memoriosos saben que Antonio Rattin fue mucho más que un futbolista. Fue el hombre que cambió el reglamento del deporte más popular del mundo sin proponérselo.

Corría el 23 de julio de 1966. Wembley era una olla a presión. Inglaterra organizaba su Mundial y soñaba con levantar la copa en su casa. Del otro lado estaba una Selección Argentina durísima, de esas que hacían honor a la frase de Bilardo: «Al fútbol se juega con el cerebro, el corazón… y si hace falta con los dientes.»

El capitán era Rattin.

En medio del partido, el árbitro alemán Rudolf Kreitlein tomó una decisión que todavía hoy sigue siendo discutida. Expulsó al argentino después de una protesta. Rattin no entendía absolutamente nada. Quería hablar. Pedía un traductor porque el juez no comprendía español y él no hablaba alemán. Pero el árbitro interpretó otra cosa.

Y ahí ocurrió algo que hoy parece imposible.

No había tarjetas.

Ni amarilla.

Ni roja.

Nada.

El árbitro simplemente señalaba con el dedo que un jugador debía abandonar la cancha.

Imaginen semejante escena en un Mundial.

Rattin permaneció varios minutos sin salir porque ni siquiera entendía por qué estaba expulsado. Caminó lentamente. Discutió. Miró las tribunas inglesas con esa mezcla de bronca y orgullo que sólo tienen los tipos que saben que no hicieron nada malo. En el camino retorció el banderín del córner con la bandera británica y luego protagonizó una imagen que ya pertenece al museo eterno del fútbol: se sentó sobre la alfombra roja preparada para el ingreso de la realeza inglesa.

Aquella fotografía recorrió el planeta.

Los ingleses hervían de bronca.

Los argentinos de indignación.

El partido terminó 1 a 0 para Inglaterra, pero el resultado quedó completamente eclipsado por lo que había ocurrido minutos antes. Para colmo, el entrenador Alf Ramsey calificó despectivamente a los futbolistas argentinos y alimentó una rivalidad que décadas después seguiría escribiendo capítulos inolvidables.

Lo curioso vino después.

La FIFA comprendió que algo había fallado.

No podía ser que en un torneo internacional un árbitro expulsara a un jugador sin que nadie entendiera qué estaba pasando. Había que crear un sistema universal.

Entonces apareció el árbitro inglés Ken Aston con una idea tan sencilla como brillante. Inspirado en los semáforos pensó: amarillo para advertir… rojo para expulsar.

Así nacieron las tarjetas que debutaron oficialmente en el Mundial de México 1970.

La paradoja es maravillosa.

Al hombre que ayudó a que existiera la tarjeta roja… jamás le mostraron una.

Porque cuando lo expulsaron todavía no se había inventado.

Como diría el Negro Fontanarrosa, «el fútbol es la dinámica de lo impensado.» Y vaya si aquella tarde en Wembley fue impensada.

Rattin siguió siendo el símbolo de Boca, el referente de una generación y uno de esos apellidos que no necesitan explicación. Basta decir «Rattin» para que cualquier hincha imagine un número cinco con autoridad, personalidad y esa elegancia para recuperar la pelota que hoy parece una especie en extinción.

Los tiempos cambiaron. El fútbol también.

Hoy hay VAR, cámaras de alta definición, micrófonos, estadísticas en tiempo real y árbitros conectados por auriculares. Pero ninguna tecnología pudo borrar aquella imagen del capitán argentino sentado en Wembley mirando al mundo entero con la dignidad intacta.

Porque algunas fotografías son mucho más que una postal.

Son un acto de rebeldía.

Son una declaración de principios.

Son historia.

Y Rattin fue historia.

EL VEREDICTO DEL ARCHIVÓLOGO

Hay futbolistas que pasan por una cancha.

Hay otros que pasan por la historia.

Antonio Rattin hizo las dos cosas.

Defendió la camiseta de Boca como si fuera la bandera de su casa y defendió la celeste y blanca con esa estirpe que hizo grande al fútbol argentino. No necesitó ganar un Mundial para convertirse en inmortal. Le alcanzó con tener personalidad cuando muchos agachaban la cabeza.

Dicen que «la única verdad es la realidad», pero en el fútbol hay otra verdad: los ídolos nunca se van del todo. Siguen apareciendo en una foto amarillenta, en una charla de café, en un abuelo contándole a su nieto quién era ese grandote sentado sobre una alfombra roja en Wembley.

Y cada vez que un árbitro meta la mano en el bolsillo y levante una tarjeta amarilla o una roja, habrá un homenaje silencioso que casi nadie advertirá.

Porque antes de que existieran las tarjetas…

Existió Antonio Rattin.

Y eso, querido lector, no te lo borra ni el VAR, ni la FIFA, ni el paso del tiempo. Como decía Diego Maradona: «La pelota no se mancha.» Y la historia de Rattin, tampoco.

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