“Una experiencia que se repetirá”: Río Cuarto vuelve a rugir

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“Una experiencia que se repetirá”: Río Cuarto vuelve a rugir

Por Cristian Iuale – Diucko Multimedios

Dicen que “segundas partes nunca fueron buenas”, pero esta pinta para romper el refrán como una chicana mal tirada en la última curva. El Turismo Nacional vuelve a Río Cuarto —sí, vuelve, como quien no se resigna al olorcito a goma quemada ni al asadito en boxes— y promete ser otro capítulo de esos que quedan grabados en la memoria fierrera del país.

Porque si algo nos gusta a los argentinos es repetir la historia… pero mejor. Como decía Mostaza: “Paso a paso”, y así viene Julián Santero, el mendocino que parece tener el volante atado a la gloria. El tipo ya ganó en mayo y ahora llega a Córdoba con la posibilidad de clavar el campeonato antes de que se baje la bandera a cuadros del año.

Santero —que acelera como si tuviera al Lole Reutemann dándole indicaciones desde arriba— se bancó series, clasificaciones y finales con el temple de los grandes. En la última fecha, allá en Rosario, salió tercero después de largar 15º. “No fue magia”, diría alguien por ahí… fue talento, hambre y ese fuego que no se apaga ni con matafuegos.

Detrás suyo, Jerónimo Teti y Manuel Mallo completan el podio de la última carrera, pero todos saben que en el TN no hay guion fijo. Acá cualquiera te pinta la puerta en una curva y te deja mirando el horizonte, como decía Traverso: “Si no doblás a fondo, no sos fierrero”.

Y si de Clase 2 hablamos, hay que nombrar al misionero Juan Pablo Pastori, que ganó con un Chevrolet Onix como si lo manejara con el corazón en el embrague. Fue su segunda victoria en la categoría y la primera con ese auto, atendido por el equipo de Gabriel Rodríguez. Lo escoltaron Alejo Cravero y Gonzalo Antolín, otro que viene subiendo en el ranking con el empuje de los que no especulan.

Río Cuarto se prepara otra vez para ser el epicentro de la pasión tuerca, ese ritual bien argentino donde la gente viaja kilómetros con el mate, la reposera y el orgullo nacional en la trompa del auto. Porque no es solo una carrera: es una misa mecánica, una excusa para gritar “¡Vamos carajo!” cuando el nuestro pasa primero por la recta principal.

Y como decía Pancho Ibáñez: “Todo tiene que ver con todo”. Acá hay deporte, emoción, familia, y un país que —entre tanto lío— sigue encontrando alegría en el ruido de los motores.

Así que sí: una experiencia que se repetirá, pero con más historia, más nafta y más corazón argentino.

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