SACOA: EL TEMPLO DE LOS FICHINES, LA CATEDRAL DE NUESTRA INFANCIA Y EL IMPERIO QUE NACIO ENTRE MONEDAS, PLAYA Y SUEÑOS

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SACOA: EL TEMPLO DE LOS FICHINES, LA CATEDRAL DE NUESTRA INFANCIA Y EL IMPERIO QUE NACIO ENTRE MONEDAS, PLAYA Y SUEÑOS

Hubo un tiempo —no tan lejano, aunque parezca de otra vida— en el que entrar a Sacoa era como cruzar un portal mágico. Una mezcla de olor a playa, alfombra gastada, electricidad, transpiración feliz y monedas calientes. Sonaba el Daytona como un trueno, el Street Fighter gritaba “Round One… Fight” y uno pensaba, sin saberlo, que estaba viviendo algo histórico.
Porque como diría el Negro Fontanarrosa: “Nadie recuerda un día normal, pero todos recuerdan su primer fichín”.

Para toda una generación, los fichines no eran un juego: eran una cultura. Y Sacoa fue el Vaticano de esa religión pagana donde se rezaba con fichas y se comulgaba con récords.

No es casualidad. Mar del Plata es cuna de marcas que se volvieron mito: Havanna, el dulce de leche Chimbote, y claro… Sacoa. Porque como decía el Diego, “la pelota no se mancha”, y la costa tampoco.
El primer Sacoa abrió en 1969, en plena peatonal San Martín, en el subsuelo de un edificio que se llamaba justamente SACOA: Sociedad Anónima Constructora de Obras y Afines. La gente decía “vamos al Sacoa”, y los Moskovski, vivos como pocos, entendieron que la marca ya existía en la boca del pueblo.

La historia arranca mucho antes. Mauricio Moskovski, nacido en 1923, hijo de inmigrantes lituanos que escaparon de la Primera Guerra Mundial, llegó a la Argentina con lo puesto y un oficio: electricidad y construcción.
En los años 50 se instala definitivamente en Mar del Plata, pero el rubro entra en meseta. Y ahí pasa algo muy argentino: Mauricio está en un bar, ve una rockola, ve gente poner una moneda para elegir una canción y piensa:
“Pará… ¿pagan por algo que dura un rato y encima salen contentos?”

Ahí nace todo. Compra rockolas, después pinballs, después flippers. Recauda monedas, hace acuerdos con bares, aprende el negocio. Hasta que decide ir a Estados Unidos y vuelve con un contenedor lleno de máquinas. El salto ya estaba dado.

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Hasta que en 1969 dicen basta: abren su propio templo. Nada de repartir la recaudación. Todo adentro. Ahí entra en escena Jorge Moskovski, el hijo clave, el cerebro técnico, el tipo que entendió que el negocio no era solo entretener, sino innovar.

Y acá empieza la leyenda grande.

Jorge se codea con los grosos. En una feria en EE.UU. se hace amigo de Nolan Bushnell, fundador de Atari, creador del Pong. Consigue la placa y fabrican el Pong en Argentina, cuando importar era imposible. La recaudación era obscena. “Una chanchada”, decían.

Después llega Masaya Nakamura, fundador de Namco, el padre de Pac-Man. No hablaba inglés, pero le dio a Sacoa exclusivas como Pole Position, un año antes que la competencia. Ventaja total.

Sacoa no solo traía juegos: los fabricaba, los adaptaba, los mejoraba. Industria nacional del fichín, papá.

En su pico, Sacoa llegó a tener más de 40 locales en todo el país. Entraron en shoppings, cines, galerías. Era imposible ir a la costa y no pasar por Sacoa.
Como decía Moria: “Si no estás, no existís”. Y Sacoa estaba en todos lados.

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Años 90. Inflación, fichas que suben de precio, empleados que se las llevan. Jorge inventa algo que cambia la industria mundial: la tarjeta magnética Sacoa (1993).
Se termina la ficha, se termina el robo, se puede subir precios en segundos. Crece la facturación un 30%. La competencia compra el sistema. Brasil, EE.UU., el mundo.

Así nace Sacoa Systems, la verdadera gallina de los huevos de oro.

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Mientras los locales se enfrían (crisis, inseguridad, PlayStation, Xbox, Nintendo), Sacoa despega en otro plano:
– Software
– Hardware
– Tarjetas
– Tickets digitales
– Kioscos autoservicio
– Apps
– Gestión integral de parques

Hoy Sacoa está en más de 70 países y 2400 centros de entretenimiento. Ghana, Italia, Francia, Estados Unidos.
Tienen parques gigantes como Deerland (80.000 m²), karting, hielo, hasta un museo de Batman.
En 2024, Jorge Moskovski entra al Salón de la Fama del Entretenimiento en EE.UU. Como Arcor en el de las golosinas. Orgullo total.

Hoy quedan unos 7 locales, la mayoría en la costa. Los maneja Alejandro Moskovski, 74 años. Hubo ofertas millonarias, crisis, AFIP, quilombos familiares, incendios, noticias raras.
Pero Sacoa sigue. Porque hay cosas que no se pueden emular en casa. El pinball. El arcade. La competencia cuerpo a cuerpo. El niño interior.

Sacoa no es solo una empresa. Es un recuerdo colectivo. Es gastar la última ficha. Es pasar Los Simpsons con un amigo. Es perder todo en el Daytona y volver a cargar.
Como decía el Flaco Spinetta: “Mañana es mejor”.
Y mientras haya alguien que entre a un fichín, meta una tarjeta y sonría… Sacoa va a seguir vivo.
En los locales, en el mundo… y en nuestra memoria.

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