
Hay historias que uno encuentra revolviendo archivos y piensa: “Pará… ¿cómo puede ser que esto no me lo hayan contado antes?”
Esta es una de esas.
Porque si alguna vez te tiraron las cartas, si alguna vez preguntaste por amor y apareció Los Enamorados, preguntaste por trabajo y salió El Mago, o viste La Torre y pensaste “listo, hasta acá llegamos”, probablemente conocés perfectamente sus dibujos.
Lo que quizá no conocías era a la mujer que los hizo.
Se llamaba Pamela Colman Smith.
Le decían Pixie.
Y fue la artista que ilustró las 78 cartas de la baraja que el mundo terminó conociendo como Tarot Rider-Waite.
Sí.
Rider-Waite.
¿Y Smith?
Bien, gracias.
Pasen y vean porque esta historia tiene arte, ocultismo, sociedades secretas, símbolos, injusticia, una mujer adelantada a su época y una ironía maravillosa: uno de los nombres que quedó inmortalizado en el mazo pertenecía a la editorial, mientras que el de la mujer que dibujó las cartas prácticamente desapareció de la marquesina.
Argentina todavía no había inventado el “ninguneo”, pero evidentemente ya tenía franquicias internacionales.
SE LLAMABA PAMELA Y VEÍA EL MUNDO DISTINTO
Pamela Colman Smith nació en Londres el 16 de febrero de 1878.
Su vida estuvo atravesada desde muy temprano por diferentes culturas. Pasó parte de su juventud entre Inglaterra, Estados Unidos y Jamaica, y el folklore, las historias populares, la música y los colores del Caribe dejaron una marca profunda en su obra.
Estudió arte en Nueva York y desarrolló una personalidad artística muy particular.
Ilustraba.
Escribía.
Contaba historias.
Diseñaba.
Publicaba.
Y tenía una relación fascinante con la música.
Pamela afirmaba experimentar percepciones que hoy suelen asociarse con la sinestesia: escuchaba música y aquello parecía transformarse dentro suyo en imágenes, formas y colores.
No escuchaba solamente una melodía.
La veía.
Y cuando uno mira sus cartas sabiendo esto, empieza a entender algunas cosas.
Porque los personajes de Pamela nunca parecen completamente quietos.
Algo acaba de pasar.
O está pasando.
O está por pasar.
Y ahí está buena parte de la magia.
ENTRA EN ESCENA ARTHUR EDWARD WAITE
A comienzos del siglo XX, Pamela se movía dentro de círculos artísticos y esotéricos británicos y estuvo vinculada a la Hermetic Order of the Golden Dawn, una organización ocultista que reunió a personajes fundamentales del esoterismo occidental.
Dentro de ese ambiente conoció a Arthur Edward Waite.
Waite era poeta, escritor, estudioso del ocultismo y miembro de la Golden Dawn.
Tenía una idea.
Crear una nueva baraja de tarot.
Necesitaba una artista.
Y apareció Pixie.
Waite proporcionó buena parte de las directrices simbólicas, especialmente para los 22 Arcanos Mayores.
Pero Pamela tenía que convertir conceptos abstractos en imágenes.
Y ahí hizo algo extraordinario.
PAMELA HIZO QUE LAS CARTAS EMPEZARAN A CONTAR HISTORIAS
Hay que entender cómo funcionaban muchos tarots anteriores.
Los Arcanos Mayores tenían figuras reconocibles: El Loco, El Mago, La Emperatriz, La Muerte…
Pero muchos Arcanos Menores eran muchísimo más simples.
Cinco copas podían ser cinco copas.
Ocho bastos, ocho bastos.
Diez monedas, diez monedas.
Pamela agarró buena parte de esos Arcanos Menores y prácticamente dijo:
“Bueno, muchachos, acá tiene que pasar algo”.
Y pasó.
En el Tres de Espadas, un corazón aparece atravesado por tres espadas bajo la lluvia.
No hace falta haber realizado un posgrado en ocultismo para sospechar que el panorama sentimental viene medio fulero.
En el Cinco de Copas, una figura observa las copas derramadas mientras detrás todavía quedan otras en pie.
Dolor por lo perdido.
Pero también algo que permanece.
En el Nueve de Espadas, alguien se despierta angustiado en la cama.
Ansiedad.
Pesadillas.
Pensamientos que no dejan dormir.
Más de cien años después mirás esa carta y entendés perfectamente al tipo.
Cambió el colchón.
El insomnio sigue siendo el mismo.
Y ENTONCES APARECIÓ EL TAROT QUE CONOCEMOS
La baraja fue publicada por William Rider & Son en 1909.
De ahí viene “Rider”.
No era un misterioso maestro tibetano.
No era un ocultista perdido en una montaña.
Era la editorial.
Waite era el hombre que había concebido y dirigido el proyecto.
Smith era la artista.
Sin embargo, durante décadas el mundo terminó llamándolo simplemente:
Rider-Waite Tarot.
Y Pamela quedó chiquitita en los créditos de la historia.
Por eso actualmente cada vez más investigadores, coleccionistas y tarotistas utilizan el nombre que resulta bastante más justo:
Rider-Waite-Smith.
RWS.
Más vale tarde que nunca, aunque demoraron aproximadamente un siglo. Tampoco se apuren, muchachos.
MIRÁ EL LOCO
Agarrá El Loco.
Pero miralo de verdad.
No preguntes todavía qué significa.
Mirá.
Un joven camina casi despreocupadamente hacia un precipicio.
Lleva una rosa blanca.
Un pequeño equipaje.
Hay un perro.
Montañas.
Un sol enorme.
El personaje mira hacia arriba.
Parece no tener miedo.
¿Es inconsciente?
¿Es libre?
¿Está comenzando algo?
¿Va a pegarse el porrazo de su vida?
Bienvenido al tarot.
Pamela consiguió algo extraordinario: una misma imagen puede contar diferentes historias dependiendo de quién la mire y en qué momento de su vida la encuentre.
Por eso sus ilustraciones sobrevivieron.
No necesitan moverse.
Las mueve el que las mira.
EL TAROT SOLA BUSCA Y UNA INFLUENCIA FASCINANTE
Pamela tampoco creó todo desde cero.
Entre las influencias visuales vinculadas al Rider-Waite-Smith aparece el Sola Busca, un extraordinario tarot italiano del siglo XV.
Era especialmente particular porque sus Arcanos Menores ya incluían escenas con personajes.
Pamela pudo conocer reproducciones de aquellas cartas y los especialistas han señalado semejanzas entre algunas composiciones del Sola Busca y diseños que posteriormente aparecerían en el Rider-Waite-Smith.
Porque hasta los genios tienen referencias.
La diferencia está en lo que hacen con ellas.
Y Pamela construyó un lenguaje visual que terminó siendo prácticamente el abecedario del tarot contemporáneo.
78 CARTAS Y UN UNIVERSO ENTERO
Pensalo un segundo.
Setenta y ocho ilustraciones.
El Sol.
La Luna.
La Estrella.
El Diablo.
La Torre.
La Muerte.
El Ermitaño.
La Emperatriz.
La Sacerdotisa.
El Mundo.
El Mago.
Los caballeros.
Las reinas.
Los reyes.
Las espadas.
Las copas.
Los oros.
Los bastos.
Cada pequeño gesto tenía importancia.
Una mano levantada.
Una mirada.
Una montaña en el horizonte.
El agua.
Una flor.
Un animal.
Una corona.
Un camino.
Pamela no estaba simplemente ilustrando cartas.
Estaba construyendo un mundo.
Y lo hizo de tal manera que más de un siglo después seguimos entrando.
PERO LA HISTORIA NO LE DEVOLVIÓ INMEDIATAMENTE EL FAVOR
Acá la película se pone bastante menos simpática.
El tarot se convirtió con el paso de las décadas en uno de los mazos más famosos e influyentes del mundo.
Sus imágenes fueron reproducidas, reinterpretadas, estudiadas y utilizadas como base para incontables barajas posteriores.
Pamela, en cambio, no terminó sus días convertida en una celebridad rica gracias a semejante legado.
Todo lo contrario.
Su vida económica fue complicada.
Con los años se alejó de los círculos esotéricos, se convirtió al catolicismo y continuó desarrollando actividades artísticas.
Murió en 1951, en Cornualles, Inglaterra.
Tenía 73 años.
Y murió sin conocer algo que nosotros sí sabemos.
Sus dibujos iban a sobrevivirla por generaciones.
LA GRAN REVANCHA DE PIXIE
Hay algo profundamente hermoso en lo que ocurrió después.
El tiempo empezó a acomodar los muebles.
Investigadores, historiadores del tarot y nuevas generaciones comenzaron a recuperar su nombre.
Y el viejo “Rider-Waite” empezó a convertirse en:
Rider-Waite-Smith.
Pamela regresó a la tapa.
A los libros.
A las investigaciones.
A las conversaciones.
Y cada vez que alguien explica quién realizó aquellas imágenes, Pixie recupera un pedacito de la historia que le habían escamoteado.
Porque podemos discutir eternamente si el tarot predice el futuro.
Pero hay algo que las cartas de Pamela demostraron sin necesidad de ninguna tirada:
el futuro puede hacer justicia con el pasado.
EL VEREDICTO DE EL ARCHIVÓLOGO
Tengo una debilidad por estas historias.
Las de la gente que estuvo ahí pero quedó corrida de la foto.
Porque el archivo tiene una costumbre maravillosa.
Siempre termina buchoneando.
Podés borrar un nombre de una marquesina.
Podés reducirlo en los créditos.
Podés conseguir que durante décadas millones de personas conozcan una obra sin saber quién estuvo detrás.
Pero dejá pasar suficiente tiempo.
Algún curioso va a abrir el cajón.
Y ahí estaba Pamela.
La próxima vez que tengas un Rider-Waite-Smith adelante, hacé una cosa.
Antes de preguntar por el amor, la guita, el trabajo o por ese señor que no te responde un WhatsApp desde el martes pero aparece conectado cada quince minutos…
mirá las cartas.
Mirá La Luna.
Mirá La Estrella.
Mirá El Mago.
Mirá El Loco caminando hacia el precipicio con esa tranquilidad de alguien que todavía no recibió el resumen de la tarjeta.
Y acordate de ella.
Pamela Colman Smith.
Pixie.
La mujer que tomó 78 pedazos de cartón y los convirtió en uno de los lenguajes visuales más reconocibles del esoterismo moderno.
Murió en 1951.
Pero hay artistas que consiguen una pequeña trampa contra la muerte.
Cada vez que alguien baraja.
Cada vez que alguien corta.
Cada vez que una carta cae sobre una mesa y alguien pregunta:
“¿Y esto qué significa?”
Pamela vuelve a hablar.
🃏 EL ARCHIVÓLOGO
Porque a veces para encontrar una historia no hay que abrir un archivo.
Hay que dar vuelta una carta.
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