MARIO SOCOLINSKY: EL MÉDICO QUE CURÓ A MEDIA ARGENTINA Y LA TELE DEJÓ EN TERAPIA INTENSIVA

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MARIO SOCOLINSKY: EL MÉDICO QUE CURÓ A MEDIA ARGENTINA Y LA TELE DEJÓ EN TERAPIA INTENSIVA

En la Argentina donde “los chicos son lo primero” pero siempre hay algo más urgente, hubo un tipo que durante treinta años se metió en el living de las familias con guardapolvo blanco, voz calma y ese tono de tío bueno que te decía “quedate tranquila, mamá”. Mario Socolinsky no era influencer, no hacía reels, no gritaba. Era médico. Y encima pediatra. En este país donde todos opinan de todo, él hablaba de vacunas, bronquiolitis y alimentación con la serenidad de quien sabía.

Nació en Villa Crespo en el 42, cuando Buenos Aires todavía olía a café de barrio y colectivo 60. De pibe la pasó fulera con problemas bronquiales. Mientras otros jugaban a la pelota en la vereda, él adelantaba materias. Terminó el secundario a los 15. A los 21 ya era médico con medalla de oro. Una cosa de loco lindo aplicado. Como diría la abuela: “Este chico va a llegar lejos”. Y llegó.

En los 70 apareció en la tele, primero como columnista para amas de casa, cuando la televisión todavía se miraba con la servilleta en la mano y la nena haciendo la tarea en la mesa. En el 77 largó La salud de nuestros hijos por Canal 9 y ahí se convirtió en parte del inconsciente colectivo. Era la época donde la tele educaba sin hashtags. Después pasó por ATC, ganó Martín Fierro, el Facundo de Oro, el Broadcasting… seis estatuillas en total. Pero lo que más pesaba no era el bronce, era la confianza.

Porque en este país desconfiado, que vive diciendo “algo raro hay”, Socolinsky era palabra santa. Las madres lo escuchaban más que al pediatra del barrio. Y él respondía con paciencia oriental, sin soberbia. Como decía Tato Bores, “vermouth con papas fritas y good show”, pero en versión médica: vacuna, prevención y buenas noches.

En los 90 siguió firme. Más programas, más libros, más presencia. Fundó su ONG, impulsó la vacunación cuando todavía no era tema de guerra cultural sino sentido común. Fue pionero en estimulación temprana. Hablaba de prevención cuando la palabra “prevención” no vendía.

Y entonces llegó el 2003. La Argentina post 2001, donde todos sospechaban de todos. El programa Punto Doc le armó una cámara oculta. Una falsa médica infiltrada, mil pesos de por medio al productor, consejos delirantes al aire y el doctor que, confiado, asintió sin cuestionar. Error grave. Imperdonable en la jungla mediática.

La televisión, que te abraza cuando medís, también te suelta la mano cuando huele sangre. Mostraron la trampa, lo ridiculizaron y el ciclo fue levantado. Treinta años al tacho en un prime time. “El que apuesta al dólar pierde”, decía uno en los 2000. Bueno, acá el que confió, perdió.

¿Fue ingenuidad? Sí. ¿Faltaron controles? También. Pero la emboscada estaba armada como mesa de domingo. Y en la Argentina del escrache televisivo, la condena es inmediata. No hubo trending topic, pero hubo cancelación avant la lettre.

Después vino el silencio. El estrés, el cigarrillo que nunca pudo dejar —ironía cruel para alguien con pulmones frágiles— y los rumores de casino. La Justicia, lenta como siempre, avanzaba mientras su carrera se apagaba. Volvió al cable, a radios, a Jujuy. Allí, todas las semanas, viajaba para atender chicos de bajos recursos. Sin glamour. Sin alfombra roja. Solo guardapolvo y vocación.

En uno de esos viajes, la neumonía lo agarró mal. EPOC agravado, arritmia, asistencia mecánica. Murió en junio de 2007, con 65 años. Demasiado pronto. Sus restos descansan en La Tablada, pero su imagen quedó congelada en el tubo viejo, con esa sonrisa medida y la frase justa para calmar a una mamá angustiada.

En el fondo, Socolinsky fue un producto de otra Argentina. Una donde el médico en la tele no era sospechoso sino guía. Donde la palabra “servicio” tenía peso. Donde la prevención no competía con el rating.

La historia de Socolinsky no es solo la de un médico. Es la de una época en la que creíamos un poco más. Después vinieron los tiempos donde, como decía el Diego, “me cortaron las piernas”. Y la pantalla siguió girando.

Porque la televisión argentina tiene esa cosa: te hace familia… hasta que deja de llamarte.

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