EL TÉ TAMBIÉN ES ARGENTINO

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EL TÉ TAMBIÉN ES ARGENTINO

Hay algo mágico en el té. Porque mientras el café entra como patada de burro a las 8 de la mañana y el mate se convierte en asamblea permanente de consorcio nacional, el té aparece elegante, silencioso, casi diplomático. Como esa tía que llega perfumada a las cinco de la tarde con una lata de galletitas danesas que después termina guardando botones. “La base está”, diría el Bambino Veira. Y sí, la base siempre estuvo: agua caliente, una saquito y ganas de frenar un poco este quilombo llamado vida moderna.

Cada 21 de mayo se celebra el Día Internacional del Té, una fecha oficializada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la famosa FAO, allá por 2019, aunque el mundo ya venía rindiéndole homenaje desde 2005 gracias a gigantes productores como China, India, Sri Lanka, Kenia y Japón. Porque sí, aunque acá el mate sea religión y el café tenga marketing de Palermo Soho, el té viene jugando de titular hace siglos. “Paso a paso”, como decía Mostaza Merlo.

La historia del té parece escrita por un guionista de telenovela oriental. Según la leyenda, todo arrancó en el año 2737 antes de Cristo cuando el emperador Shen Nung estaba hirviendo agua debajo de un árbol y unas hojas cayeron accidentalmente dentro de la olla. Ahí nomás el hombre probó la mezcla y quedó fascinado. O sea: el primer influencer del té fue un emperador chino que básicamente dijo “¡Belleza!” después de tomar agua con hojas. Y así empezó todo. El resto es historia… y merchandising de saquitos premium a precios que harían decir a cualquiera “No hay plata”.

Pero el Día Internacional del Té no es solamente una excusa para subir una foto aesthetic con taza beige, manta tejida y frase motivacional tipo “respirá profundo”. No, señor. Detrás de esta bebida hay millones de familias que viven de su producción. Por eso este 2026 la consigna mundial es “Sostener el té, apoyar a las comunidades”. Porque mientras medio planeta discute algoritmos, streaming y criptomonedas, hay trabajadores rurales que siguen bancando la parada hoja por hoja. “La patria es el otro”, diría Cristina. Y en este caso, también el que cosecha el Earl Grey que te tomás mirando una serie turca.

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El té además tiene algo profundamente argentino aunque no lo sepamos. Porque acá todo momento importante se acompaña con una taza caliente. El resfrío: té con miel. El desamor: té de tilo. La ansiedad: manzanilla. La dieta del lunes: té verde. La charla de amigas después de descubrir un engaño: “ponele whisky”, diría el Coco Basile… pero primero arrancamos con un té.

Y ojo, porque el té también tiene beneficios reales. Tiene antioxidantes, ayuda a la circulación, fortalece el sistema inmunológico y encima es diurético. Básicamente hace más cosas por vos que algunos políticos en campaña. “Con la democracia se come, se cura y se educa”, decía Alfonsín. Bueno, con el té por lo menos se afloja el estrés.

En Inglaterra, por ejemplo, la ceremonia del té de las cinco es casi sagrada. Todo se detiene. Una especie de “felices Pascuas, la casa está en orden”, pero con masas finas y porcelana. Acá en Argentina no llegamos a tanto protocolo porque siempre aparece alguien mojando una Don Satur adentro de la taza como si no hubiera mañana. “A la gilada ni cabida”.

Y hay otra verdad: el té también tiene reputación de bebida de señora cheta de Recoleta. Esa que te dice “yo soy de acá, de Barrio Norte”, mientras acomoda la cucharita con precisión quirúrgica. Pero también está el té del laburante, el del kiosco, el del hospital, el del velorio, el del estudiante que pasó tres noches sin dormir. El té es transversal. Une generaciones. Es como Sandro o los ravioles del domingo.

Porque mientras el mundo vive acelerado, el té obliga a parar. Hay que esperar que hierva el agua, que repose el saquito, que baje la temperatura. El té no acepta ansiosos. Es anti TikTok. Te baja un cambio. Te mira fijo y te dice: “¿Qué mirás, bobo? Andá pa’ allá”… pero con elegancia británica.

Y quizás ahí esté el verdadero secreto de esta infusión milenaria: en recordarnos que no todo tiene que resolverse ya. Que a veces alcanza con sentarse, agarrar una taza caliente y sobrevivir un día más en esta Argentina donde “pasaron cosas”.

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Porque si algo sabemos los argentinos es resistir. “Es un sentimiento, no puedo parar”. Y entre crisis, aumentos, amores rotos y grupos de WhatsApp familiares, siempre aparece alguien diciendo la frase más sagrada de todas:

—“¿Querés un tecito?” ☕

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