Hay días patrios no oficiales que en Buenos Aires se respetan más que un feriado puente. El Día Mundial de la Pizza es uno de esos. Porque sí, la pizza nació en Nápoles, fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2017 y todo lo que vos quieras…
pero se perfeccionó acá, entre mostradores de mármol, hornos encendidos desde 1932 y mozos que te cantan el pedido sin anotar nada.
Como decía el Diego: “La pelota no se mancha”.
Bueno, la pizza porteña tampoco.
La historia dice que la pizza moderna fue obra de Raffaele Esposito en 1889, cuando inventó la Margarita para la reina Margherita. Todo muy monárquico, muy fino.
Después llegó a Buenos Aires con los tanos, se bajó del barco, caminó un par de cuadras… y nunca más fue la misma.
Acá engordó, se volvió generosa, chorreante, exagerada.
Como todo lo que vale la pena en esta ciudad.
Porque el porteño no come pizza:
la milita,
la discute,
la defiende como si fuera un esquema táctico de Bilardo.
Primera grieta eterna: pizza con o sin fainá
Arranquemos fuerte.
Pizza sola: válida, clásica, respetable.
Pizza con fainá: identidad, pertenencia, barrio.
Ahora, atención…
¿El fainá va arriba o abajo?
Arriba: herejía napolitana, rebeldía boquense, caos delicioso.
Abajo: orden, equilibrio, tradición de pizzería histórica.
Esto no se discute en voz baja.
Esto se grita desde la mesa mientras el mozo ya trae otra grande de muzza porque “esta vuela”.
Como decía Tato Bores: “Vermouth con papas fritas y good show”.
Bueno… pizza con fainá y a otra cosa.
Fugazza vs Fugazzetta: la interna más sabrosa
Acá el Archivo se pone serio.
Fugazza: viene de Génova. Austera. Pan, cebolla, aceite. Obrera.
Fugazzetta: invento argentino, orgullosamente boquense. Cebolla, queso adentro, queso afuera. Exceso puro.
La fugazzetta es a la pizza lo que el Obelisco es a Buenos Aires:
innecesaria,
exagerada,
absolutamente imprescindible.
La fugazza te acompaña.
La fugazzetta te abraza.

La muzzarella: «La Emperatriz» indiscutida
Los datos no mienten (y Apyce tampoco):
La pizza de muzzarella es la más elegida por los argentinos. Punto.
De noche, entre las 20 y las 22.
Los sábados, cuando el cuerpo pide harina y queso como consuelo existencial.
Porque la muzza es democracia pura.
Une generaciones, clases sociales, estados de ánimo y resacas.
Nuestra grieta final, pizza con Ananá ¿Si o No?
Acá el Archivólogo suspira.
No: es traición a la patria pizzera.
Sí: “dejame vivir”, “gustos son gustos”, “no jodás”.
La pizza con ananá divide familias, amistades y grupos de WhatsApp.
Es el “Menem sí / Menem no” de la gastronomía.
Veredicto histórico:
Que exista, pero lejos de mi plato.
Mis Licencias poéticas
Si Fontanarrosa describiera una pizza de muzzarella…
Diría que es una pizza que no se come: se enfrenta.
Una muzza que cae pesada, honesta, sudada de horno, con el queso estirándose como defensor viejo que igual pone la pierna.
Una pizza que no promete nada… y cumple todo.
Si Cortázar hablara de una pizza de queso y cebolla…
Tal vez diría que la cebolla llora antes que uno,
que el queso se derrite como un recuerdo tibio
y que cada bocado es una rayuela:
o caés en el cielo… o pedís otra porción.
El veredicto del Archivólogo
La pizza porteña no es solo comida.
Es ritual, es barrio, es charla larga, es noche, es “una más y nos vamos”.
Podrán decir que nació en Italia.
Pero creció, se hizo fuerte y encontró su destino en Buenos Aires.
Como Gardel, como el tango, como el “¿qué hacés, maestro?”.
La pizza acá no se discute:
se honra,
se comparte,
y siempre se pide grande.
Porque en esta ciudad,
la pizza no se mide en porciones… se mide en recuerdos 🍕❤️
— El Archivólogo
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