
“Qué país generoso”, diría alguno… pero esta vez no alcanza. Porque cuando se va un tipo como Puenzo, no es solo un nombre en una placa: es un pedazo de historia que baja el telón sin pedir permiso.
A los 80 años, en Buenos Aires, murió el director que se animó a contar lo que muchos preferían callar. El mismo que en 1986 subió al escenario de los premios de la academia con una mezcla de orgullo, memoria y ese temblor en la voz que no se actúa. Sí, ese día que Argentina dijo “acá estamos” y el mundo escuchó.
Hablemos claro: La historia oficial no fue solo una película. Fue un cachetazo con guante blanco. Un “date cuenta” en cámara lenta.
Con Norma Aleandro y Héctor Alterio al frente, Puenzo se metió con uno de los temas más jodidos de nuestra historia reciente: los hijos apropiados durante la dictadura. Y lo hizo sin golpes bajos, pero con una potencia que todavía hoy te deja mudo.
Ganó en Cannes, se llevó el Globo de Oro y, claro, el Oscar. El primero para el cine argentino. Como diría el Diego: “que la sigan chupando”… pero con elegancia, versión celuloide.
Arrancó en la publicidad en los 60 —cuando todo era más analógico y menos filtro de Instagram—, pero el tipo ya tenía otra cabeza. No quería vender jabones: quería contar historias.
Después del bombazo de La historia oficial, cruzó el charco sin pedir permiso:
filmó con Jane Fonda y Gregory Peck en Gringo Viejo, dirigió a William Hurt y Robert Duvall en La peste, y años más tarde volvió a casa con La puta y la ballena, con Leonardo Sbaraglia.
Un tipo que jugó en las grandes ligas… pero sin perder el acento.
En tiempos más recientes, durante el gobierno de Alberto Fernández, le tocó un rol más político: fue presidente del INCAA. Y ahí, como buen argentino, le tocó bailar con la más fea. Porque gestionar cultura en este país es como atajar penales con los ojos vendados: sabés que alguna te va a pegar en la cara.
Su frase en los Oscar quedó para siempre: memoria, dolor y esperanza en una sola línea. No era acting, era historia pura atravesándole el pecho.
Y ahí está la clave de Puenzo: no hizo cine para quedar bien. Hizo cine para que no nos olvidemos. Para que, como decía Tato Bores, “vermouth con papas fritas y good show”… pero con conciencia.
Se fue un director, sí. Pero también se fue un narrador incómodo, necesario. De esos que no te dejan mirar para otro lado.
En un país donde muchas veces hacemos zapping de la realidad, Puenzo agarró el control remoto y dijo: “esto se mira”. Y lo vimos.
Y ahora, mientras el telón baja, queda esa sensación rara… mitad orgullo, mitad nostalgia. Como cuando termina una película que sabés que no se va a repetir.
Porque hay historias… que no son solo historias. Y hay tipos… que no pasan de largo.
Buen viaje, maestro. 🎬