ADIÓS A DANIEL MELINGO: EL ÚLTIMO BOHEMIO DEL ROCK Y EL TANGO ARGENTINO

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Hay noticias que pegan distinto. No hacen ruido de estruendo, hacen ese silencio raro que queda cuando se baja el telón. Y la muerte de Daniel Melingo, a los 68 años, es una de esas. Porque se fue un músico, sí. Pero también un personaje irrepetible. Uno de esos tipos que jamás buscaron entrar por la puerta principal. Él prefería colarse por la ventana, con un clarinete bajo el brazo, un tango torcido en la garganta y esa mirada de quien había visto demasiado.

Como dirían nuestras abuelas: «Se fue un pedazo de Buenos Aires».

Y no es una frase hecha.

Porque Melingo era Buenos Aires.

Era ese café con humo que ya no existe, la madrugada de San Telmo, el bandoneón desafinado que igual emocionaba, el rock que se mezclaba con el tango sin pedir permiso. Era de esos artistas que nunca necesitaron ser masivos para convertirse en imprescindibles.

Porque, como decía Miguel Abuelo:

«Lo importante no es llegar… sino el viaje.»

Y vaya si Daniel hizo un viaje extraordinario.

Hablar de Melingo es inevitablemente hablar de Los Abuelos de la Nada, aquella banda que terminó convirtiéndose en una verdadera fábrica de himnos.

«Mil horas»…

«Sin gamulán»…

«Costumbres argentinas»…

«Himno de mi corazón»…

Canciones que todavía hoy suenan en cualquier cumpleaños, en cualquier fogón, en cualquier sobremesa donde alguno termina diciendo la frase más argentina de todas:

«¡Subí un poco el volumen que este tema no envejece nunca!»

Melingo fue parte de aquella revolución musical encabezada por Miguel Abuelo, una banda donde convivían talentos enormes y donde cada uno aportaba una personalidad distinta.

Miguel tenía una frase que parecía escrita para él:

«La libertad es una flor que pocos riegan.»

Y Daniel fue uno de esos pocos.

Jamás negoció su identidad artística.

Después llegaría otra locura hermosa.

Los Twist.

Aquella banda que convirtió el humor en rock cuando nadie entendía demasiado qué estaban haciendo.

Porque mientras muchos buscaban sonar serios, ellos preferían reírse de todo.

Era la época donde Argentina salía lentamente de la oscuridad y aparecía una generación que tenía ganas de cantar, bailar y volver a respirar.

Como decía otro de esos grandes latiguillos que quedaron para siempre:

«La vida es una sola… hacé lío.»

Y Los Twist hicieron exactamente es eso.

Cuando muchos creían que ya había mostrado todas sus cartas, Daniel volvió a sorprender.

Abandonó el camino cómodo del rock para abrazar el tango desde otro lugar.

No el tango de postal.

El tango roto.

El tango marginal.

El tango de las esquinas húmedas.

El tango de los personajes olvidados.

Con discos extraordinarios terminó construyendo una identidad completamente propia.

Nunca imitó a nadie.

Y eso, en una industria llena de copias, vale oro.

En estas horas comenzaron a multiplicarse los mensajes de despedida.

Uno de los más sentidos fue el del empresario tecnológico Alejandro Nizzero, dueño y Director Ejecutivo de Diucko Digital, quien conocía a Daniel desde la adolescencia.

La historia tiene esas casualidades hermosas que parecen sacadas de una película.

El padre de Daniel, muy ligado al ambiente artístico por su relación con el inolvidable Edmundo Rivero, mantenía una entrañable amistad con el actor Alejandro Anderson, padre de Nizzero.

Las familias compartían reuniones sociales cuando ambos eran apenas adolescentes.

Aquellos encuentros, llenos de artistas, guitarras, anécdotas y sobremesas eternas, dejaron una amistad que el tiempo nunca terminó de borrar.

Conmovido por la noticia, Alejandro Nizzero expresó:

«Daniel fue uno de esos artistas que jamás dejó de buscar. Nunca eligió el camino fácil. Su talento era inmenso, pero más grande era su sensibilidad. Hoy se va un amigo de toda la vida y un pedazo de nuestra historia cultural.»

Y agregó una frase que resume perfectamente quién era Melingo:

«Los artistas verdaderos no pasan de moda; simplemente pasan a la memoria de todos.»

Porque si algo tiene el rock argentino es que dejó frases que forman parte del ADN de varias generaciones.

Como aquella de Miguel Abuelo:

«No te des por vencido ni aun vencido.»

O esa otra que parecía un manifiesto de vida:

«Hay que vivir intensamente, aunque duela.»

Y mientras suenan de fondo aquellas canciones que atravesaron décadas, inevitablemente aparecen esas frases que todos escuchamos alguna vez:

«No se va quien se va… se va quien se olvida.»

«Mientras alguien te escuche, seguís vivo.»

«Los buenos nunca se terminan de ir.»

Daniel Melingo murió este martes luego de atravesar una enfermedad respiratoria y encontrarse bajo cuidados paliativos en su casa de Chacarita.

Tenía proyectos.

Un nuevo espectáculo.

Un documental.

Hasta soñaba con lanzar su propio vino.

Porque los artistas de verdad nunca dejan de crear.

Y quizás por eso cuesta tanto aceptar estas despedidas.

Como decía otra frase que todos alguna vez escuchamos en una mesa familiar:

«La muerte existe cuando nadie te recuerda.»

Con Daniel eso no va a pasar.

Porque cada vez que alguien vuelva a poner un disco de Los Abuelos de la Nada, cada vez que un clarinete rompa el silencio en algún escenario, cada vez que un tango vuelva a mezclarse con el rock, ahí va a estar.

Invisible.

Pero presente.

Y, como decía el propio Miguel Abuelo, «Lo importante no es llegar… sino el viaje.»

Qué viaje extraordinario hiciste, Daniel.

Buen viaje, maestro.

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