CUATRO AÑOS DEL PARRICIDIO DE VICENTE LÓPEZ: LAS MENTIRAS, LOS CUATRO BALAZOS Y EL MAIL QUE MARTÍN DEL RÍO MANDÓ DESDE LA CÁRCEL

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CUATRO AÑOS DEL PARRICIDIO DE VICENTE LÓPEZ: LAS MENTIRAS, LOS CUATRO BALAZOS Y EL MAIL QUE MARTÍN DEL RÍO MANDÓ DESDE LA CÁRCEL

Durante horas, aquella casona de Melo 1101, esquina Gaspar Campos, en Vicente López, guardó el secreto. Adentro, en el garage, había un Mercedes Benz. Y dentro del auto estaban José Enrique del Río, de 75 años, y María Mercedes Alonso, de 72, muertos y todavía sujetos por los cinturones de seguridad. Era la mañana del 25 de agosto de 2022 cuando María Ninfa “Nina” Aquino, la empleada doméstica de la familia, abrió la puerta del garage y encontró la escena que terminaría convirtiéndose en uno de los policiales más estremecedores de los últimos años. Mercedes estaba al volante; Enrique, en el asiento del acompañante. La investigación y luego el juicio establecieron que él había recibido tres disparos por la espalda y ella un único disparo en la cabeza. Habían sido asesinados la tarde anterior, el 24 de agosto.

Lo verdaderamente siniestro apareció después. No había sido un ataque casual ni un robo que terminó mal. Según la reconstrucción que finalmente convenció por unanimidad al jurado, quien había preparado aquella muerte era el hijo menor del matrimonio, Martín Santiago del Río. La acusación sostuvo que logró que sus padres se sentaran en el Mercedes bajo la falsa idea de que estaban por dirigirse al nuevo departamento al que pensaban mudarse. Desde una posición que los dejó prácticamente sin posibilidad de defenderse, abrió fuego. La fiscalía sostuvo durante el juicio que utilizó un arma perteneciente a su padre y que el ataque había sido planificado. El jurado consideró probado el homicidio agravado por el vínculo, la alevosía y el uso de arma de fuego.

Detrás del crimen había una montaña de mentiras económicas que se estaba volviendo imposible de sostener. Los padres estaban convencidos de que iban a mudarse a un departamento del exclusivo Château Libertador, en Núñez. Pero la operación distaba muchísimo de estar resuelta: las investigaciones revelaron pagos pendientes millonarios y una trama de compromisos que Martín habría hecho creer a su familia que estaban encaminados. Para la acusación, el móvil fue precisamente evitar que sus padres descubrieran el desmanejo de su patrimonio y el castillo de falsedades construido alrededor de aquella propiedad. En los días anteriores al crimen, los mensajes familiares mostraban creciente ansiedad por una mudanza que nunca llegaba. Había que mostrar el departamento, entregar las llaves, cumplir promesas. Y la mentira, como suele decirse en la Argentina, tiene patas cortas. En este caso terminó de la peor manera imaginable.

El detalle que terminó de darle al caso una dimensión casi cinematográfica fue “el hombre caminante”. El 24 de agosto, Del Río dejó su camioneta estacionada en Núñez con su teléfono adentro y encendido. Mientras el aparato permanecía allí, las cámaras municipales y privadas comenzaron a registrar a un hombre encapuchado que avanzaba a pie hacia Vicente López. Entró en la casa aproximadamente a las 17.33 y salió alrededor de las 18.30, exactamente dentro de la franja en la que la Justicia ubicó los asesinatos. Las imágenes no mostraban con claridad el rostro, pero sí algo mucho más difícil de disimular: la forma particular de caminar. Del Río tenía desde chico una ligera dificultad en una pierna, una característica por la que incluso era apodado “Pato”. Siete testigos, entre ellos personas muy cercanas, lo reconocieron por su andar. Casación terminaría considerando ese entramado de videos, antenas telefónicas, testimonios y pericias como prueba suficiente.

Y había algo todavía más fuerte: seis días antes del crimen había hecho prácticamente el mismo recorrido. El 18 de agosto, las cámaras lo grabaron cruzando desde Núñez hacia Vicente López junto a una mujer con la que mantenía una relación sentimental y comercial. Para los investigadores, aquel paseo sirvió para calcular tiempos y estudiar cámaras. Después de matar a sus padres, otras imágenes registraron a Del Río saliendo de un departamento de Colegiales con una bolsa que aparentaba tener peso y regresando más tarde con ella vacía. El arma homicida nunca apareció, pero para los investigadores la secuencia formaba parte de las maniobras posteriores destinadas a desprenderse de evidencia.

En el medio hubo una víctima colateral que estuvo a punto de cargar con una pesadilla ajena. Nina Aquino, la empleada que había encontrado los cuerpos, quedó detenida durante 13 días, inicialmente sospechada de haber sido entregadora. Martín, según se ventiló posteriormente, alimentó las sospechas sobre ella en sus declaraciones. Las llaves que tenía por trabajar hacía años en la casa y algunas inconsistencias iniciales la pusieron en el centro de la causa. Pero las cámaras empezaron a contar otra historia. Aquino quedó desvinculada del doble homicidio y, dos años después, fue una de las testigos del juicio contra el hijo de las víctimas. El caso pasó entonces del supuesto robo con una empleada sospechada al escenario infinitamente más oscuro que nadie quería imaginar: los padres habían sido ejecutados por su propio hijo.

La Justicia demoró, pero cuando llegó el juicio fue lapidaria. El debate comenzó el 9 de diciembre de 2024 ante el Tribunal en lo Criminal N.º 7 de San Isidro, presidido por la jueza María Coelho. Durante cinco días se reconstruyeron cámaras, llamadas, mensajes, movimientos patrimoniales y reconocimientos. Del Río mantuvo su inocencia y sostuvo que él no era el hombre registrado caminando hacia la casa. El 13 de diciembre, los doce integrantes del jurado se retiraron a deliberar. Menos de una hora después volvieron: culpable por unanimidad. Coelho le impuso reclusión perpetua.

La defensa apeló e intentó derrumbar el juicio alegando irregularidades, testigos improcedentes, problemas con determinadas pruebas e incluso cuestionó la rapidez de la deliberación. Pero el 23 de abril de 2026, la Sala I del Tribunal de Casación Penal bonaerense, integrada por Ricardo Maidana y Daniel Carral, rechazó el planteo y dejó en pie la perpetua. Casación sostuvo que existió evidencia válida y suficiente: la franja horaria de las muertes, las filmaciones, la identificación por el andar, la inactividad de su celular mientras ocurrían los asesinatos, objetos vinculados al hecho y las maniobras destinadas a despistar a los investigadores. La condena, sin embargo, todavía atraviesa instancias recursivas: a fines de agosto de 2026 el expediente aguardaba una definición de la Suprema Corte bonaerense.

Y cuando parecía que la historia sólo podía seguir dentro de un expediente, Del Río volvió a aparecer desde la cárcel justo al cumplirse cuatro años del crimen. Está alojado en la Unidad Penal N.º 48 de San Martín y, según información conocida esta semana, consiguió acceso a un celular y recuperó desde allí el correo electrónico de su exesposa, Cecilia Sánchez, con quien estuvo casado dos décadas y tuvo dos hijos. Le escribió insistiendo nuevamente en su inocencia, le contó que trabaja con nuevos abogados, pidió los teléfonos de sus hijos y expresó su intención de recuperar el vínculo familiar. Sánchez, una de las personas que durante el juicio había reconocido a Del Río en los videos por su manera de caminar, acudió inmediatamente a la Justicia.

La reacción judicial fue rápida. La jueza María Coelho le prohibió a Del Río cualquier contacto con su exmujer, directamente, a través de terceros, redes sociales, correo electrónico o mensajería. La resolución consideró que el episodio provocó una perturbación en Sánchez y advirtió que una nueva comunicación podría derivar en una causa por desobediencia. Ella había contado durante el juicio que el doble asesinato la quebró psicológicamente y resumió su experiencia matrimonial con una frase tremenda: “Vivía con un monstruo”. Hoy sus hijos tampoco mantienen relación con él, según las fuentes citadas por Infobae.

Cuatro años después, la casona de Vicente López ya no guarda ningún misterio judicial comparable al de aquella mañana de agosto. La Justicia reconstruyó una historia donde un hombre que hacia afuera llevaba una vida de empresario y padre de familia acumulaba deudas, compromisos y mentiras que, según la sentencia, decidió resolver de la manera más irreversible: matando a quienes podían descubrirlas. El arma nunca apareció y Del Río continúa proclamándose inocente. Pero hubo un jurado unánime, una condena a perpetua y una Casación que revisó las pruebas y sostuvo el veredicto. Y quizás el elemento más escalofriante del expediente siga siendo aquel que ninguna estrategia logró borrar: un hombre caminando por Vicente López, sin mostrar la cara, convencido de que había preparado todo. Se olvidó de que uno puede cambiarse la ropa, esconder el teléfono y taparse el rostro. Lo bastante difícil es cambiar la manera de caminar.

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