
Por favor, abra el cajón donde guardamos las cintas gastadas y póngame ese sonido a nostalgia que cruje como butaca vieja del Maipo
Porque hoy el Archivo se pone de pie. Hoy no venimos a hablar de una moda, ni de un escándalo pasajero, ni de esos famositos que duran lo que un suspiro en Intrusos. Hoy venimos a traer al presente a un imprescindible. A un actor que entendió algo que no todos entienden: que el “segundo” puede ser más importante que el primero si sabe jugar su lugar.
Javier Portales.
El segundo… de primera.

Nació en Tancacha, Córdoba, el 21 de abril de 1937. Miguel Ángel Álvarez era su verdadero nombre. Sí, Álvarez. Ese apellido que después, por esas vueltas maravillosas del destino y del humor, Alberto Olmedo transformaría en marca registrada dentro del sketch más glorioso de la televisión argentina: Borges y Álvarez.
La historia es deliciosa. Se había cambiado el apellido porque “Álvarez no sonaba”. Y vino el Negro Olmedo, genio irrepetible, y lo devolvió al origen. “Señor Álvarez”. Y la calle otra vez gritándole Álvarez como si fuera apodo. Como si la identidad, al final, siempre encontrara la manera de volver.
Portales arrancó en Rosario, entre radioteatros y tablas humildes. Con 17 años se vino a Buenos Aires cuando Canal 7 era el único faro y la televisión todavía tenía olor a experimento. Ahí empezó a tejer esa amistad entrañable con Olmedo. Compañeros de programas, de películas, de teatro, hasta de disco de cuentos. Una dupla que no era sólo química artística: era sincronía de barrio, timing perfecto, pausa justa.
Distrito Norte en el ‘58, Quinto Año Nacional en el cine en el ‘61 —con esos alumnos que cinco años después seguían en quinto pero ya parecían repetir por vocación—, películas con Karadagián, comedias estudiantiles, enredos, golpes y caídas. Pero el verdadero salto llegó cuando los hermanos Sofovich lo convocaron para Operación Ja-Já.
Ahí nació el Portales que quedó tatuado en la memoria colectiva. El cliente fijo de la peluquería de Fidel. El parroquiano de Polémica en el Bar. El tipo que parecía serio… hasta que soltaba la réplica quirúrgica y desarmaba la escena.

Porque si Olmedo era el caos genial, Portales era la estructura. Si el Negro improvisaba vuelo rasante, Portales ponía la red. Era el ladero perfecto. Y en la comedia, el ladero no es accesorio: es el que sostiene el edificio.
El teatro lo tuvo en revistas, en comedias, en textos más jugados. El cine lo abrazó durante tres décadas seguidas. Más de 70 títulos entre el ‘57 y el ‘92. Actor, autor —La sartén por el mango, prohibida en dictadura—, director. Un hombre de oficio. De esos que sabían que el aplauso no es un derecho adquirido, es una conquista diaria.
Después vinieron los años bravos. La muerte absurda de Olmedo en el ‘88 fue un mazazo. No sólo profesional. Personal. Canal 9 lo obligó a rearmarse rápido en Shopping Center, ese híbrido que intentó juntar No Toca Botón con Hiperhumor y que quedó a mitad de camino. Porque hay ausencias que no se reemplazan. Se padecen.
También perdió a Juan Carlos Altavista. También transitó esa televisión de los noventa que cambiaba de ritmo y de códigos. Pero ahí estaba él, firme. En Son de Diez como el abuelo Matías, cómplice, canchero, tierno. En Un hermano es un hermano con Francella. De vuelta en Polémica en el Bar en el ‘97. Siempre listo. Siempre profesional.
Y mientras tanto, en la esquina de Corrientes y Uruguay, esa escultura maltratada pero digna sigue siendo postal obligada. El sillón de Borges y Álvarez. Turistas que quizás no vieron nunca el sketch, pero se sacan la foto igual. Porque algo vibra ahí. Algo que pertenece a la memoria popular.
En sus últimos años, la salud le jugó una mala pasada. Problemas motrices, silla de ruedas, silencios largos. El circo mediático alrededor, como suele pasar cuando el brillo se apaga y algunos aprovechan la penumbra. Pero ni eso pudo empañar lo esencial.
Portales murió el 14 de octubre de 2003. Y con él se fue una forma de hacer humor que no necesitaba gritar para hacerse escuchar.
El Archivólogo lo dice sin vueltas: Javier Portales fue el mejor ladero que cualquier capo cómico pudiera soñar. Fue pausa, fue remate, fue elegancia dentro del caos. Fue ese actor que entendió que la gloria no siempre está en el centro del escenario, sino en saber pararse medio paso atrás… y robarse igual la escena.
En un país que a veces confunde volumen con talento, Portales fue prueba viviente de que la sutileza también hace historia.

He actuado, he escrito, he dirigido, dijo alguna vez. Me falta viajar en globo.
Y uno imagina que allá arriba, en algún rincón del cielo del espectáculo argentino, debe estar sentado en una mesa eterna, esperando que alguien entre y diga:
—¿Cómo le va, señor Álvarez?
Y él, con esa media sonrisa cómplice, listo para tirar la réplica perfecta.
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