
Por Cristian Iuale
(que ya lo había advertido, y lo vuelve a contar Cristian Iuale, sin filtro y con los papeles sobre la mesa).
Ferraris no, pero Camaro y Mustang sí. Y no entraron por la alfombra roja sino por la puerta de atrás. La Aduana metió mano y secuestró autos de alta gama ingresados de manera ilegal al país, valuados en más de 500 millones de pesos. Mucha pinta, mucho brillo… pero papeles flojitos como promesa de campaña.
La investigación —que huele más a Netflix que a AFIP— terminó con cuatro fierros de colección (dos Chevrolet Camaro y dos Ford Mustang) formalmente radicados en Paraguay, pero paseando por el AMBA como si fueran de toda la vida. Bonus track: una Toyota SW4 patente argentina, 30 millones de pesos en efectivo, 20 mil dólares, y un arma sin papeles. Todo muy “rápido y furioso”, pero versión Conurbano.
Los autos no estaban juntando tierra en un garaje: se alquilaban para producciones audiovisuales y videoclips. Sí, los mismos que aparecen en videos de L-Gante, La Joaqui y la China Suárez. El sueño del pibe: auto importado, fama prestada y cero impuestos. Hasta que se corta la música.
El operativo fue quirúrgico: cinco allanamientos simultáneos en el Área Metropolitana, con Aduana, Migraciones, DGI y Policía de la Ciudad. Todo bajo la lupa del fiscal Marcelo Bernachea y con aval del juez Marcelo Cardozo. Resultado: dos argentinos detenidos e incomunicados y una causa que pinta espesa.
La maniobra era conocida pero aceitada: entraban los autos desde países limítrofes bajo el paraguas del Régimen de Circulación del Mercosur, alegando turismo. “Voy y vuelvo”, decían. Volvían ellos… los autos se quedaban. Y así, mientras el fisco miraba para otro lado, los fierros se convertían en estrellas de videoclip.

Según la investigación, todo se hacía por encargo de dos personas radicadas en CABA, muy activas en redes, muy cancheras para mostrar autos, pero sin actividad económica declarada. Uno incluso se presentaba como dueño de una productora de “eventos multitudinarios”. Multitudinarios sí… pero ante el juez.
Como diría el barrio: “el que las hace, las paga”. Y esta vez no fue metáfora. Los autos quedaron secuestrados, los dólares contados, y el cuento del glamour importado se cayó a pedazos.
Porque en la Argentina podés chamuyar un rato, podés posar para la foto, podés subir el reel… pero cuando aparece la Aduana, se terminó la joda.
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