
Hay obras que no son solo cemento. Son memoria. Son cicatriz. Son esa charla repetida en la verdulería, en la radio del taxi, en la mesa del domingo: “cuando llueve, acá sufrimos”.
Y en Bahía Blanca esa frase no es metáfora. Es historia.
Por eso la noticia de la reconstrucción del canal Maldonado no cayó como un trámite administrativo. Cayó como esas señales que dicen que, al menos esta vez, algo se está moviendo de verdad.
El intendente Federico Susbielles y el ministro de Infraestructura bonaerense Gabriel Katopodis firmaron la adjudicación de la etapa 2 de la obra. Traducido al idioma de la calle: empieza la parte pesada. La que se ve. La que cambia el barrio.
Dos mil metros de intervención desde la desembocadura hasta Don Bosco. Triplicar la capacidad del canal. Un puente nuevo en Pacífico. Datos técnicos que para el vecino significan algo simple: que la próxima lluvia no sea una pesadilla.
Miramos esta escena con la memoria larga. Porque Bahía tiene una relación compleja con el agua. Décadas de desinversión, promesas que se evaporaron, obras que quedaron en carpeta. Y cada tormenta recordando lo mismo: el progreso que no llega también inunda.
Susbielles habló de angustia. Y ahí está la clave. No fue discurso de inauguración feliz. Fue diagnóstico emocional. Ese miedo que aparece cuando el celular vibra con alerta meteorológica. Esa sensación de indefensión que en Argentina conocemos demasiado.
La política, cuando funciona, aparece después del golpe. Nunca antes. Esa es la regla no escrita.
La etapa 2 del Maldonado tiene algo simbólico: no es empezar, es continuar. Y en este país continuar ya es un logro. Porque como decía la vieja frase popular, “lo importante no es prometer, es terminar”.
El proyecto además trae un concepto que suena moderno pero es profundamente barrial: dejar de separar para unir. Canal que ya no parte la ciudad sino que la conecta. Espacios de disfrute, de encuentro, de vida cotidiana. Infraestructura con mirada urbana, no solo hidráulica.
Suena lógico. Pero en Argentina lo lógico suele ser revolucionario.
Hubo universidades, colegios profesionales, expertos. Esa mesa técnica que muchas veces no aparece en la foto pero define si la obra dura veinte años o se rompe a la primera tormenta. El famoso trabajo silencioso que no corta cintas.

Katopodis, viejo jugador del tablero de obra pública, entiende esa liturgia. La obra como narrativa política. La máquina como mensaje. En tiempos de motosierra discursiva, mostrar construcción también es posicionamiento.
No compramos épicas fáciles. Pero tampoco se niega cuando algo tiene peso real. El Maldonado es de esas obras que no generan trending topic pero cambian la vida concreta. Menos agua en la casa, menos miedo, más ciudad.
Y ahí aparece la frase que resume todo, bien argentina, bien de barrio: “que no tengamos que acordarnos de la obra cuando vuelva a llover”.
Porque el verdadero éxito de esta reconstrucción será el olvido. Que un día llueva fuerte y no pase nada. Que la noticia deje de ser la inundación.
La política vive de lo visible, pero la infraestructura se consagra en lo invisible.
El Director de Diucko Digital, Cristian Iuale cierra la nota con una imagen conocida: máquinas trabajando mientras el vecino mira desde la vereda, entre esperanza y desconfianza. Argentina en estado puro. Sabemos que la obra importa… pero también sabemos que la historia siempre pide pruebas.
Si el Maldonado termina como promete, no será solo una obra hidráulica. Será una pequeña victoria contra esa frase que nos persigue hace décadas: “acá siempre pasa lo mismo”.
Y cuando una ciudad rompe un “siempre”, cambia mucho más que un canal. Cambia el ánimo. Cambia la conversación. Cambia el futuro.
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