Hay frases que en la Argentina encienden inmediatamente una máquina de recuerdos. “Que vuelva la Fórmula 1” es una de ellas.
Este lunes 31 de agosto, Javier Milei abrió en Buenos Aires el Congreso Americano 2026 de la Federación Internacional del Automóvil y dejó una definición que hizo ruido en todo el ambiente del automovilismo: “Argentina tiene todas las condiciones para volver a recibir a la Fórmula 1 y al Rally Mundial”. Y, como si hiciera falta ponerle un poco más de nafta al asunto, remató: “Queremos ver a Franco Colapinto en la Argentina”.
No fue una charla de café entre fierreros. Frente a Milei estaba Mohammed Ben Sulayem, presidente de la FIA, uno de los hombres que se sienta en la mesa donde se discute buena parte del futuro del automovilismo mundial. El encuentro reúne durante tres días en Buenos Aires a representantes de 32 clubes de Norteamérica, Centroamérica, Sudamérica y el Caribe, con el Automóvil Club Argentino como anfitrión.
Ahora bien: una cosa es el deseo y otra que mañana aparezcan Verstappen, Norris y Colapinto doblando por Lugones. Todavía no existe un Gran Premio de Argentina confirmado. Lo que hay es una decisión política de empujar la candidatura y una ventana de oportunidad que hace unos años parecía ciencia ficción. El propio ambiente especializado advierte que el país puede construir una postulación seria, pero todavía faltan pasos antes de hablar de una carrera asegurada.
Y acá aparece el archivo.
Porque Argentina no está pidiendo entrar por primera vez a una fiesta ajena. La Fórmula 1 corrió acá durante distintas etapas en las décadas del 50, 70, 80 y 90, fundamentalmente en el Autódromo de Buenos Aires. La última vez fue el 12 de abril de 1998, cuando Michael Schumacher ganó con Ferrari. Después bajaron la bandera a cuadros y empezó una espera que ya lleva 28 años.
Muchísimo antes había existido Juan Manuel Fangio, cinco veces campeón mundial y uno de esos apellidos que sobreviven incluso entre gente que jamás vio una carrera completa. Después llegó Carlos Reutemann, el Lole, subcampeón mundial en 1981 y protagonista de una época en la que un domingo de Fórmula 1 podía parar al país.
Como dice el refrán, donde hubo fuego, cenizas quedan.
Y las cenizas empezaron a calentarse nuevamente con Franco Colapinto.
La aparición de un argentino otra vez en la máxima categoría convirtió algo que durante años había sido nostalgia de fierreros en conversación popular. Volvieron los madrugones, las discusiones sobre neumáticos, los que descubrieron qué era un undercut anteayer y ya te explican estrategia de carrera como si hubieran trabajado veinte años con Ferrari. Argentina en estado puro.
Milei también aprovechó el escenario para reivindicar la historia del Automóvil Club Argentino y su visión sobre el rol privado en la organización del deporte motor. Pero detrás del discurso político aparece una cuestión bastante más terrenal: traer nuevamente una fecha de Fórmula 1 exige una inversión gigantesca, infraestructura adecuada, un autódromo homologado bajo las máximas exigencias de la FIA y un acuerdo comercial con Formula One Management.
Es decir: entusiasmo sobra.
Ahora faltan los mangos, las obras y los contratos.
Nada menor.
Pero que el presidente argentino plantee públicamente el objetivo frente al máximo dirigente de la FIA cambia el escenario. Ya no estamos solamente ante la fantasía del tipo que conserva una revista Corsa de 1978 en el placard.
La intención está puesta arriba de la mesa.
Y la imagen sería formidable: Colapinto corriendo un Gran Premio de Argentina con las tribunas llenas de banderas celestes y blancas.
El automovilismo argentino tiene una memoria enorme. Fangio. Froilán González. Reutemann. Traverso, aunque su historia haya transitado otras categorías. El Gálvez explotado de gente. Las radios relatando una carrera mientras el asado esperaba.
Por eso esta historia toca una fibra bastante particular.
Porque como decía el Lole Reutemann, con esa economía de palabras tan suya: “La carrera termina cuando baja la bandera”.
Y tal vez aquella carrera de la Fórmula 1 con la Argentina nunca haya terminado del todo.
Simplemente llevamos 28 años esperando la próxima largada.
El Archivólogo abre el archivo y encuentra motores, tribunas, Fangio, el Lole y un autódromo que alguna vez recibió al mundo. Ahora aparece Colapinto y alguien vuelve a pronunciar aquellas palabras peligrosísimas para cualquier nostálgico argentino: “¿Y si vuelve?”
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