
Hubo personajes que vendían productos y hubo personajes que vendían una forma de estar en el mundo. Fido Dido fue de esos segundos. Ese flaco desgarbado, con pelo de puercoespín y sonrisa de “todo bien”, parecía un dibujo hecho en una carpeta de colegio, pero terminó siendo uno de los símbolos culturales más silenciosamente gigantes de los noventa. Lo curioso —y lo que casi nadie recuerda— es que no nació para vender gaseosa, no nació para ser mascota y ni siquiera nació como negocio. Nació de una charla, de un garabato y de una sensación generacional muy específica: la idea de que ser distinto estaba bien cuando el mundo empezaba a volverse cada vez más uniforme.
La historia arranca en Nueva York, 1985. Una ciudad partida entre el arte callejero, la crisis del sida, el avance conservador y una juventud adulta que buscaba identidad entre bares, after office y grafitis. Ahí estaban Joanna Ferrone y Sue Rose, dos amigas que hablaban de la vida mientras una dibujaba sin pensar demasiado. Una noche apareció ese personaje flaco inspirado en un amigo. Joanna lo vio y sintió que había encontrado un vocero. No un dibujo: una actitud. El mensaje era simple, casi obvio, pero poderoso: vos sos lo que sos y eso está bien. Algo que en Argentina sonaría a Sandra Mihanovich en loop, a charla de vereda, a frase que no parece profunda hasta que pasan los años y entendés que lo era.
Antes de cualquier contrato, Fido tuvo credo. Y esto es clave para entender por qué pegó tanto. No juzga. No está en contra de nadie. No tiene edad. Es inocente y poderoso. Viene del pasado y es el futuro. Una especie de filosofía pop minimalista que hoy suena new age pero en ese momento era contracultural. Fido era anti pose cuando la pose empezaba a dominar todo. Era calma en un mundo acelerado. Era ese amigo que no competía. Por eso conectó.
El salto fue raro y muy noventoso: la moda. La diseñadora Patricia Field vio el personaje y lo metió en ropa. Años después ella sería la mente estética de Sex and the City, o sea, sabía detectar íconos antes de que lo fueran. De golpe el garabato empezó a aparecer en remeras, vidrieras, objetos. Los medios hablaron del “Fido frenzy”. Licencias globales. Tazas, toallas, electrodomésticos, lo que imagines. United Media —la casa de Garfield y Snoopy— lo tomó. Las creadoras dejaron sus trabajos. El dibujo de palitos ya era industria.

Y entonces llegó el momento que todos recuerdan pero pocos entienden: el acuerdo con Seven Up. La marca, que venía de décadas de transformaciones y había quedado internacionalmente bajo el paraguas de PepsiCo, buscaba una mascota cool, relajada, distinta al humor exagerado de la publicidad de la época. Fido era perfecto porque no parecía publicidad. Firmaron un contrato millonario por cinco años y explotó todo. Animación, latas, carteles, campañas globales. Una simbiosis rarísima donde la marca creció y el personaje se volvió cultura. Se calcula que generó más de mil millones de dólares. Un doodle convertido en máquina.
Pero hay un detalle de esos que al Archivólogo le encantan: en Estados Unidos Fido no podía ser la mascota principal por temas comerciales, así que la cara de Seven Up era Cool Spot, el puntito rojo con anteojos. Fido promocionaba otra gaseosa. Marketing quirúrgico. Mientras tanto, en el resto del mundo, para nosotros, Fido era Seven Up. Y listo. Así funcionan los recuerdos: no responden a contratos, responden a sensaciones.
El éxito abrió otra puerta inesperada. Nickelodeon —Nickelodeon— vio que esas dos amigas habían creado un ícono desde la nada y las convocó. De ahí salió el corto que después sería serie: Angel Anaconda. Estética collage, humor incómodo, noventas puros. Fido no era solo personaje: era prueba de concepto. Demostraba que una idea simple podía construir universos.
Hubo cortos animados, merchandising infinito, familia ficticia, un videojuego que nunca salió porque la empresa quebró —otro clásico noventoso— y una estructura empresarial para manejar la marca mientras la alianza con Seven Up seguía. Importante: las creadoras no eran dueñas del uso publicitario. Historia repetida del mundo creativo: la idea es tuya, el negocio es de otro.
Con el tiempo Fido desapareció de la tele grande. Sin despedida. Sin comunicado. Como pasan muchas cosas en la cultura pop. Volvió en campañas nostálgicas 2019 y 2020, siguió vivo en India como celebridad de merchandising, y hoy factura con licencias, ropa y hasta NFTs. De filosofía espiritual a activo digital. La evolución perfecta del capitalismo pop.
Pero lo que explica su permanencia no es la nostalgia por la gaseosa. Es el mensaje. Fido representaba algo que hoy parece escaso: la posibilidad de no competir todo el tiempo. No opinar de todo. No performar identidad. Era simple sin ser tonto. Era cool sin esfuerzo. Era, en términos porteños, un tipo que no se hacía el canchero y por eso era canchero.
Los que crecimos en los 90 lo vimos en kioscos, mochilas, carpetas, cable, publicidades, stickers. Era omnipresente sin ser invasivo. Y eso es rarísimo. Fido no gritaba. Estaba. Como esos recuerdos que no sabés cuándo se volvieron importantes hasta que un día vuelven y te pegan.

Y acá va el veredicto de El Archivólogo, fuerte, sin medias tintas: Fido Dido fue uno de los personajes más inteligentes que creó la cultura pop de fines del siglo XX porque escondía una filosofía profunda detrás de una estética ridículamente simple. No era una mascota, era una idea disfrazada de mascota. Fue el puente perfecto entre el arte callejero, la moda, la publicidad y la televisión. Y lo más impresionante es que sigue vigente porque el mensaje no envejeció. En un mundo que empuja a definirse todo el tiempo, Fido decía lo contrario: no hace falta. Con existir alcanza.
Por eso no importa si lo recordás por la gaseosa, por una remera o por una lata en la heladera de tu vieja. Fido Dido quedó como quedan los símbolos reales: sin ruido, pero para siempre. Porque algunos personajes venden productos… y otros te venden una manera de mirar la vida. Fido fue de esos. Y eso, hermano, no lo borra ninguna campaña.
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