
Por Gonzalo Guardia
Amigos y amigas de los sinsabores y las sobremesas intensas: agárrense fuerte, porque hoy el ring no es político, no es futbolero… ¡es goloso! Acá lo que se juega es nada menos que el alma del alfajor argentino premium: Havanna versus Cachafaz. Dos marcas, dos estilos, una sola pregunta eterna: ¿quién manda de verdad? Y como diría Pappo, “esto se pone cada vez más bravo”.
Si el alfajor argentino fuera tango, Havanna sería Gardel. Nació allá por 1948 en Mar del Plata, cuando Demetrio Elíades, Luis Sbaraglini y Benjamín Sisterna decidieron convertir un dulce tradicional en una leyenda nacional. Ese alfajor con dos tapas rellenas de dulce de leche y baño de chocolate se volvió símbolo de veraneo, souvenir y “si viajás y no traés Havanna, ¿para qué fuiste?”.
Los Havanna ya estaban en la mochila antes de que existieran los memes: del Casino Central a las góndolas del mundo. Con franquicias, cafeterías y expansión internacional, se transformaron en el clásico “soy argentino y lo quiero demostrar” en forma de dulce.
Pero como dice el tango, “nada es eterno bajo el sol”: después de que Exxel Group comprara la marca en 1998, algunos paladares porteños murmuraron que el sabor original se había ido un poco de joda… “no es lo que era” decían
Ah, Cachafaz… el chico que llegó de la nada pero que todos caemos a probar. La historia es digna de leyenda urbana porteña: tres hermanos de Liniers —Gastón, Leonardo y Javier Alcaraz— arrancaron haciendo alfajores en casa, repartiendo en kioscos como quien reparte folletos de fiesta.
Rápido el mito se encendió como pibito con mecha: “un exempleado de Havanna se robó la receta y por eso es tan similar”. Rumores hay montones, y hasta los propios dueños nunca salieron a confirmar ni negar nada (como decía mi viejo: “cuando no dicen nada, están diciendo todo”).
Lo cierto es que Cachafaz no solo copió (o se inspiró) en el clásico envoltorio dorado —que a la vista es como ver la remera del Boca-River en la tribuna— sino que también aprovechó el vacío emocional que dejó Havanna después de la venta del ‘98 para posicionarse con estrategia de guerrilla: boca a boca, kioscos, supermercados chinos y sin bombos ni platillos publicitarios.
Y ojo: cachafaz es término lunfardo para llamar a alguien descarado, pícaro… y eso calza perfecto 🍬.
Como en toda buena rivalidad argentina, acá hubo tango y malambo judicial. Havanna llevó pleito con Cachafaz por el diseño del envoltorio dorado y la “confusión” en los kioscos. En primera instancia, la justicia dijo que se podían diferenciar, pero después hubo revocaciones y apelaciones. Incluso quisieron llevarlo a la Corte Suprema, que les tiró la típica porteña: “che, dejense de joder”.
Y si pensabas que eso era todo, no: también hubo duelo con Mondelēz por el alfajor Suyard, donde Cachafaz se quejaba de similitudes. La respuesta judicial fue diplomática: “pueden coexistir en el hábitat natural de los kioscos”.
Cachafaz no empezó con pauta en todos lados, no salió en tapas de revista ni en spots de TV. Modelo: El Diego escapando de la defensa, con jugada individual. La marca creció por misterio, calidad y ubicación estratégica: al lado de la caja, en kioscos, en supermercados chinos, donde el argentino hace la compra compulsiva después de laburar todo el día.
Ese boca a boca feroz construyó un «dame uno» en torno al producto: leyendas, historias de barrio, referencias a Catupecu Machu y un aura de “esto no es lo que parece, vení y probalo”.
En los foros y conversación pública (esas que no salen en portada pero se sienten en el colectivo), hay de todo. Algunos defienden a Havanna como si fuera un ícono nacional inamovible, otros aseguran que el Cachafaz levanta más que buena promesa electoral en estos tiempos.
Un comentario típico: “Cachafaz es poesía”, mientras el otro responde “Havanna siempre fue el tango, cachafaz es rock and roll”. Sonríe, que a la Argentina nos gusta pelear hasta por un alfajor. Al final del día, decir que uno es “mejor” que el otro es como discutir si es más porteño el obelisco o el tango.
Havanna tiene historia, tradición y ese peso patrio que te hace decir “traé Havannas porque así no me quedo mal con la suegra”.
Cachafaz tiene picardía, misterio y sabor de calle, de “si no lo probaste, no sabes de qué hablan”.
Y como bien decía mi abuela “En gustos no hay nada escrito”.

CHOCOLATADA & ALFAJORES
Licencia poética de El Archivólogo en el viejo bar de siempre
El bar es el de siempre. El de madera gastada, vitrina con medialunas que ya vieron mejores mañanas y una radio vieja que suena bajito, como pidiendo permiso. Afuera, Buenos Aires sigue apurada; adentro, el tiempo se toma una chocolatada.
Mesa del fondo.
Dos tazas humeantes.
Dos alfajores sobre la mesa.
Y dos egos que no entran en el local.
De un lado, Marcelo Tinelli, espalda apoyada en la silla, sonrisa de conductor que ya hizo bailar medio país. Del otro, Mario Pergolini, brazos cruzados, mirada de “yo ya entendí todo antes que vos”.
Tinelli toma el Havanna, lo mira como si fuera un Martín Fierro.
—“Esto es un clásico, Mario. Esto es historia. Esto es Mar del Plata, es la Rambla, es el país feliz. El alfajor que comía mi vieja, el que llevás cuando viajás… esto es Argentina, papá.”
Le pega un mordisco lento, televisivo. Mastica con pausa. Hace silencio dramático.
—“Está equilibrado. Elegante. No te agrede. Como yo en los 90.”
Mario agarra el Cachafaz sin ceremonia.
Lo parte al medio. El dulce de leche asoma como diciendo “acá estoy”.
—“¿Sabés cuál es el problema del Havanna, Marce? Que quedó en la nostalgia. Es como seguir usando fax.”
Mordisco directo. Sin pausa. Sin show.
—“Esto tiene carácter. No te pide permiso. No es souvenir, es consumo real. El alfajor que comprás porque tenés ganas, no porque viajaste.”
Levanta una ceja.
—“Además, tiene más dulce de leche. Y ya sabemos que en este país, cuando algo tiene más… gana.”
Tinelli se ríe, pero se acomoda en la silla. Eso es señal de ataque.
—“Mario, vos sos de ningunear todo lo que es popular y después apropiártelo. Havanna es el Diego del alfajor.”
Pergolini ni parpadea.
—“No. Havanna es Passarella. Ordenado, correcto… pero el pueblo hoy quiere otra cosa.”
Silencio.
El mozo pasa, mira la escena, no pregunta nada. Sabe que acá se está discutiendo algo serio.
Tinelli vuelve al Havanna, casi defendiéndolo.
—“No empalaga. Lo podés comer todos los días.”
Pergolini sonríe como quien ya ganó.
—“Justamente. El Cachafaz no quiere ser todos los días. Quiere ser memorable.”
EL VEREDICTO DEL ARCHIVÓLOGO
📌 Mi fallo:
No hay ganador absoluto.
Porque esta no es una batalla de alfajores.
Es una pelea de épocas.
Como diría el Negro Fontanarrosa:
“Lo importante no es ganar, sino discutir bien.”
Pagamos la chocolatada.
Cada uno se lleva el alfajor que eligió.
El bar queda igual.
La grieta sigue abierta.
Y nosotros… felices de tener algo tan argentino para pelear.
Fin de la degustación.
Con migas en la mesa y razón en el corazón.

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