
Hay marcas que fueron negocio. Y hay marcas que fueron parte de la familia. Casa Tía era eso: la tía buena, la que te daba de todo y encima barato. La que te salvaba el mes cuando el bolsillo estaba más flaco que modelo de pasarela noventosa.
Pero esta historia no arranca en Buenos Aires. Arranca en Europa, en lo que hoy es la República Checa. La familia Steuer venía de generaciones dedicadas al comercio fino, aceites y esencias. Hasta que el mundo hizo crack en 1929 y la Gran Depresión les movió el piso. Y como decía el General: “La única verdad es la realidad”. La realidad era que había que reinventarse o desaparecer.
En 1933 abrieron en Praga un local de baratijas económicas pensado para que cualquier “tía” pudiera comprar un regalito. Lo llamaron “Teta”, que en checo significa tía. Ya sé lo que estás pensando. Menos mal que cuando cruzaron el océano le cambiaron el nombre.
La Segunda Guerra empezó a oler a pólvora y los Steuer no quisieron quedarse a ver la película completa. Se fueron antes de que el horno estuviera para bollos. En 1940 llegaron a Colombia. Ahí Doris Steuer se enamora de Juan Narváez. Tienen hijos. El tercero: Francisco. El Colorado.

En 1945 la familia desembarca en Buenos Aires. En 1947 abren el primer local de Casa Tía en Suipacha. Y ahí empieza la revolución silenciosa. Porque en esa época no existía el concepto de supermercado como lo conocemos. Había almacén, carnicería, mercería. Todo separado. Casa Tía te metía todo bajo el mismo techo. Y encima a buen precio. Era como si hoy te abrieran Mercado Libre en plena avenida Corrientes en 1950.
Los almaceneros miraban de reojo. Y claro. Les comía clientes. Porque vos entrabas y salías con la bolsa llena. Para 1970 ya tenían 14 locales en Argentina, Colombia, Uruguay y Ecuador. Iban viento en popa. Hasta que la vida, que no avisa, pegó el volantazo.
Entre 1971 y 1972 mueren los patriarcas. Quedan los herederos. Y la empresa queda en manos de un comité apodado “los checos”, tipos históricos que tomaban decisiones en bloque. Mientras tanto, el joven Francisco hacía escuela interna: depósito, ventas, administración. Pero cuando quiso opinar fuerte le dijeron, palabras más palabras menos, “pibe, te falta sopa”.
Se fue en 1977. Se instaló en Entre Ríos. Agro, ganadería, astillero. Le fue bien. Muy bien. Volvió en 1982 con la convicción de que podía manejar el barco. Pero el timón lo tenía su hermano Carlos. Dos visiones, dos estilos. Uno quería expandir fuerte, el otro era más prudente con la deuda. La cosa fue escalando hasta 1988. Y ahí explotó la interna familiar.
Francisco decidió desplazar a Carlos. La escena fue de película: flete, cajas, oficina desarmada. “Yo no me voy”, dicen que dijo Carlos. Pero se fue igual. Hubo juicio. Arreglo extrajudicial. Compra de acciones. Y una familia rota por años. Recién se reencontraron en 2004, en el velorio de la madre. Como en esas novelas donde el final es más triste que el principio.
Ya con el control absoluto, el Colorado pasó la escoba. Despidió al comité histórico y a cientos de empleados. Profesionalizó. Modernizó. Creó formatos más chicos para ciudad y grandes hipermercados en el interior. Pero el mundo estaba cambiando más rápido que la cartelería.
Llegaron los 90. Llegaron las grandes cadenas. Llegó la competencia feroz. Y llegó un dato que dolió: a mucha gente le daba vergüenza decir que compraba en Tía. Cambiaban la bolsa al salir. Golpe al orgullo. Porque como decía Maradona: “La pelota no se mancha”. Pero la marca sí puede mancharse.

La empresa necesitaba inversiones gigantes para competir. Vendieron activos. Vendieron participaciones. Juntaron oxígeno. Pero la presión era enorme. Francisco atravesaba además una crisis personal profunda. Contó años después que tocó fondo. Que pensó en terminar todo. Que fue su esposa quien lo frenó. Hay momentos en que el empresario es solo un hombre contra sus propios fantasmas.
Y entonces apareció la decisión que cambiaría todo. Puertas adentro, en secreto, desde 1997 se empezó a trabajar en un plan: expandir para vender mejor. Engordar la compañía. Firmar contratos estratégicos. Hacerla más atractiva. Mientras hacia afuera repetían: “Tía no se vende”.
En 1998 llegó el bombazo. Casa Tía fue vendida al Grupo Exxel por 630 millones de dólares. Francisco se quedó con alrededor de 150. Y soltó una frase que todavía resuena: “Preferí ser un empresario con posibilidades de crecimiento antes que un patriota fundido”. Crudo. Real. Sin maquillaje.
Después vino la cadena de fusiones. Exxel, Promodès, Carrefour. Y así la Tía quedó absorbida por la multinacional francesa. La marca desapareció. Pero en la memoria colectiva sigue viva.
Y la historia no terminó ahí. En 2020, Francisco de Narváez volvió al rubro comprando la operación de Walmart en Argentina. La rebautizó Chango Más. Invirtió millones. Sumó farmacias, autocenters. Hoy su grupo opera más de 600 locales entre Argentina, Uruguay y Ecuador. Más de 21 mil empleados. El supermercado volvió a ser parte de su ADN.

Casa Tía fue más que un negocio. Fue la bolsa blanca con letras rojas. Fue el “andá a comprar que falta azúcar”. Fue la pelea familiar. Fue la venta millonaria. Fue la Argentina que crecía, se caía, se reinventaba.
Porque como decía el Flaco Spinetta, “mañana es mejor”. Y en este país, donde todo parece eterno hasta que deja de serlo, Casa Tía quedó como esa foto sepia que uno guarda en el cajón. No cotiza en Wall Street. Pero cotiza alto en la nostalgia.
Y decime si no es verdad: ¿quién no fue alguna vez a Casa Tía?
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