
“Es todo un tema”… pero hay historias que te atraviesan y no te sueltan más.
Tucumán quedó golpeado. De esos golpes que no se ven, pero se sienten en el pecho. Un Domingo de Pascuas que empezó como fiesta y terminó en pesadilla. Mariano Robles, 28 años. Solana Albornoz, 32. Una pareja joven, dos chicos esperándolos en casa… y un final que duele hasta leerlo.
La noche arrancó como tantas. Casamiento, música, brindis, risas. En el salón Conticello, en Tafí Viejo, se los veía felices. Bailando, abrazados, disfrutando. “Pum para arriba”, diría Tinelli. Nada hacía pensar lo que venía después. Nada.
Pero cuando salieron, la cosa ya venía torcida. El cielo se había puesto espeso, la lluvia caía con bronca y el agua empezaba a ganar terreno. Y ahí, en esa decisión chiquita que cambia todo, eligieron frenar. Quedarse en el auto. Esperar que pase.

“¡Atajate esta!”, tiró la vida.
El último mensaje fue cerca de las 21. Después… silencio. De ese que te hace ruido en la cabeza.
El agua no bajó. Al contrario. Se vino con todo. La corriente empezó a empujar el auto, a arrastrarlo como si fuera de juguete. Y lo que era refugio se transformó en trampa. El Nissan terminó bajo un puente, volcado, sin salida.
Dicen que los encontraron abrazados.
Y ahí no hay frase que alcance. Pero igual aparecen, como un eco del inconsciente colectivo: “No me dejes solo”. Como si en ese instante final, todo se resumiera en eso. En no soltarse.
Mientras tanto, afuera, la desesperación. Familiares, amigos, redes explotadas, fotos que iban y venían. Todos buscando, todos preguntando, todos con esa esperanza medio tonta pero necesaria de que aparezcan. “Estamos mal, pero vamos bien”, se dice para aguantar… hasta que la realidad te cachetea.
Y la realidad fue esa: el hallazgo del auto, a metros de la Ruta 9, en una zona inundada. Sin vida. Sin vuelta atrás.
La investigación ahora intenta reconstruir cada minuto. El fiscal mete lupa, busca respuestas. Pero hay cosas que no cierran nunca. Que no tienen explicación fácil. Que te dejan ahí, pensando… “no lo entenderías”.
Porque al final del día, esto no es solo un accidente. Es una historia de amor, de destino, de decisiones tomadas en segundos. De dos personas que salieron de una fiesta y no volvieron nunca más.
Y en medio de todo, la frase que nadie quiere decir pero que igual cae:
la vida, a veces, no avisa.
Y cuando pega… pega de verdad.
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