
Hay algo raro en el aire. Como cuando uno entra a un bar y escucha a dos tipos hablando bajito. Como si el mundo del fútbol estuviera diciendo: “che… estos argentinos otra vez vienen embalados”. Porque mientras en Europa venden a Francia como una Ferrari, a España como el tiki tiki remixado y a Inglaterra como “la generación definitiva” desde que Mirtha decía “carajo, mierda”, la realidad marca otra cosa: la Selección Argentina llega al Mundial 2026 mejor de lo que muchos quieren admitir. Y eso, justamente eso, es lo que más asusta.
Porque el argentino es así. Si gana 4-1 un clásico a Brasil, igual desconfía. Si clasifica caminando, igual piensa que “hay un 2% de probabilidades” de que se complique todo. ADN nacional. “Paso a paso”, diría Mostaza. Y mientras el planeta fútbol se distrae mirando luces europeas, la Scaloneta hace lo suyo: sumar roce, curtirse, ganar partidos bravos y seguir construyendo una identidad que ya es patrimonio cultural argentino. Como el dulce de leche, Olmedo diciendo “¡es una tromba!” o Moria preguntando “¿Quién sos?”.
Porque sí, aunque algunos crean que Argentina llega al Mundial entre algodones, la realidad es otra. La Selección de Lionel Scaloni fue, desde Qatar 2022 hasta hoy, el equipo con mejor efectividad del planeta enfrentando rivales mundialistas. Setenta por ciento de puntos obtenidos. Doce victorias, dos empates y apenas cuatro derrotas frente a selecciones que estarán en Estados Unidos, México y Canadá. Arriba de Portugal, arriba de España, arriba de Francia. La famosa “la base está” del Bambino Veira aplicada al fútbol moderno.
Y ojo, porque esto no es humo de panelista gritón diciendo “¡esto es una vergüenza nacional!” mientras se acomoda el saco. Hay datos. Mientras Inglaterra jugaba Eliminatorias contra equipos que verán el Mundial por TV, Argentina se mataba contra Uruguay, Brasil, Ecuador, Paraguay y Colombia. Eliminatorias sudamericanas: el único posgrado futbolero donde no te regalan nada. Acá no hay Albania, Andorra ni Azerbaiyán. Acá te pegan en Quito, te aprietan en Barranquilla y te hacen sentir visitante hasta en el calentamiento.
Scaloni entendió algo que pocos entendieron: el Mundial ya empezó hace rato. Cada doble fecha fue una final encubierta. Cada viaje a la altura o al calor colombiano fue entrenamiento premium. Mientras otros jugaban amistosos de laboratorio, Argentina se curtía en la jungla sudamericana. “El que quiera celeste, que le cueste.”
Y ahí aparece otra postal bien argentina: el silencio. Porque cuando la Selección anda bien de verdad, el mundo empieza a minimizarla. Ya pasó antes. En Qatar también llegábamos “con dudas”. Que Messi estaba grande. Que Di María era de cristal. Que el mediocampo no corría. Después terminó Leo levantando la Copa y diciéndole al planeta entero: “¿Qué mirás, bobo? Andá pa’ allá.”

Hoy pasa algo parecido. Parece que estuviera prohibido decir que Argentina puede ser bicampeona del mundo. Como si fuera pecado futbolero admitir que Scaloni armó una máquina emocional y competitiva que sigue funcionando incluso después de tocar el cielo. Porque lo más difícil no es ganar. Lo difícil es seguir teniendo hambre después de haber cenado con los dioses.
Y hambre hay.
La goleada histórica a Brasil por 4-1 en marzo de 2025 fue probablemente el partido más impactante de la era post Qatar. Un baile monumental. Julián Álvarez jugando como si tuviera un motor de Fórmula 1 escondido en los botines. Enzo manejando el mediocampo como quien administra un country en Nordelta. Y la tribuna haciendo lo que mejor sabe hacer: transformar un partido en una película nacional.
Porque Argentina tiene algo que no aparece en las estadísticas: esa mística rara. Esa sensación de que el equipo juega con el corazón de un país entero. “Es un sentimiento, no puedo parar.” Y no importa si enfrente está Brasil, Francia o un combinado de marcianos patrocinados por la NASA. El jugador argentino entra a la cancha con una mezcla de barrio, potrero, trauma nacional y épica maradoniana difícil de explicar.
Claro que no todo es color celeste y blanco. Porque el grupo que le tocó a Argentina no es la pavada que muchos creyeron mientras tomaban champagne viendo el sorteo. Austria viene siendo una de las selecciones más incómodas del último tiempo: le ganó a Alemania, a Países Bajos y le hizo cinco goles a Noruega. Argelia es el típico rival traicionero que te hace partido físico, cerrado y áspero. Y Jordania… bueno… ahí Scaloni activó automáticamente el trauma “Arabia Saudita 2022”. Porque si algo aprendió este grupo es que en un Mundial nadie te regala nada.
Entonces aparece otra vez el fantasma argentino más famoso después del dólar: el miedo al exceso de confianza. El “me cortaron las piernas” emocional que arrastramos desde el ‘94. El cagazo hermoso de saber que cuando más favoritos nos sentimos, más desconfiamos de nosotros mismos.
Pero quizá ahí esté la diferencia de esta Selección. En que aprendió a convivir con la presión. En que ya pasó por todos los estados emocionales posibles: perder finales, ganar finales, ser criticados, ser venerados, tocar fondo y tocar el cielo. Esta generación ya lloró todo lo que tenía que llorar.
Y además tiene algo fundamental: recambio.
Porque mientras Messi administra energía como un sabio Jedi rosarino, atrás aparecen Julián Álvarez, Nico Paz, Mastantuono, Giuliano Simeone y toda una camada que entendió perfecto la herencia. La Scaloneta dejó de depender solamente de Leo. Y eso, muchachos, es peligrosísimo para el resto del mundo.
Scaloni, además, logró algo que parecía imposible en Argentina: paz. Sí, paz. En un país donde discutimos si los huevos van dentro o afuera de la heladera, el tipo unió al fútbol argentino bajo una idea. Un milagro sociológico más difícil que bajar la inflación o entender una factura de Edenor.
Y mientras algunos todavía miran de reojo a Francia, España o Portugal, Argentina sigue haciendo la suya. Sin vender humo. Sin TikTok táctico. Sin frases marketineras. Con perfil bajo. Como diría Bilardo: “si lo haces, sos un fenómeno; si no, sos un burro.” Y eso que como dijo Paula Varela ya estamos llenando el álbum de figuritas del Mundial y todavia no sabemos quien juega, gracias al gran recambio de la selección.
El Mundial 2026 aparece entonces como una película extraña. Una donde Argentina ya no es la pobre heroína sufrida que busca revancha. Ahora es el campeón. El rival a bajar. El que entra y hace silencio incómodo en la sala. El que obliga al resto a mirarse entre ellos pensando: “che… estos tipos saben jugar estas cosas”.

Y quizá ahí esté la gran diferencia con otras épocas. Antes Argentina llegaba con ansiedad. Hoy llega con experiencia. Antes llegaba con obligación. Hoy llega con autoridad.
La Scaloneta ya no necesita demostrar quién es.
El mundo ya lo sabe. Aunque algunos todavía se hagan los distraídos.
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