
En Argentina hay cosas que no terminan nunca. El dólar, las internas políticas… y la historia de Diego Armando Maradona. Porque si alguien pensó que el capítulo final se había escrito aquel 25 de noviembre de 2020, se equivocó fulero. Esto es Argentina, papá. Acá siempre hay tiempo para un alargue… y si hace falta, penales.
Este martes arrancó otra vez el juicio por su muerte. Sí, otra vez. Desde cero, como si alguien hubiera apretado “rebobinar” en el control remoto de la historia. El primero se cayó como castillo de naipes por el escándalo del documental que salpicó a la jueza Julieta Makintach. Un papelón digno de esas épocas donde “todo pasa”, como decía Julio Grondona… pero esto, claramente, no pasó.
Ahora, con nuevo tribunal, nuevas caras y la misma herida abierta, el caso vuelve a escena. El cargo: homicidio simple con dolo eventual. Traducido al idioma de la calle: sabías que podía pasar… y no hiciste nada para evitarlo.
En el banquillo, el equipo completo de la última etapa de Diego: Leopoldo Luciano Luque, Agustina Cosachov, Carlos Ángel Díaz, Nancy Edith Forlini, Mariano Ariel Perroni, Ricardo Omar Almiron y Pedro Pablo Di Spagna. Y aparte, en otro ring judicial, la enfermera Gisella Madrid. Todos mirando al mismo arco… pero nadie queriendo comerse el gol.
La fiscalía fue sin vueltas: “una internación domiciliaria es un sanatorio en la casa… pero esto no pasó”. Y ahí se picó. Porque para la acusación, a Diego lo dejaron solo. Abandonado. Como esos ídolos que se aplauden en vida pero se sueltan cuando ya no facturan aplausos.
Del otro lado, la defensa juega su partido: infarto, destino, inevitabilidad. “No había nada que hacer”, dicen. Una frase que en Argentina siempre genera sospecha… porque cuando alguien dice “no se podía”, siempre aparece otro que te tira “sí se podía, pero no quisieron”.
En el medio, declaraciones que son puñales. Que Diego “empezó a morir 12 horas antes”. Que “gritaba, se ahogaba”. Que hubo “indiferencia criminal”. Palabras pesadas, que caen como baldazo de realidad en un país que convirtió a Maradona en religión, bandera y contradicción permanente.

Fernando Burlando habló de condena inminente, confiado como quien ya ve la copa en la vitrina. Veronica Ojeda, en cambio, puso el cuerpo al dolor: nerviosa, quebrada, buscando algo que en esta historia parece imposible… paz.
Porque al final del día, esto no es solo un juicio. Es un espejo. Uno bastante incómodo. Porque todos vimos a Diego caer más de una vez. Y muchas veces hicimos la fácil: mirar para otro lado. Total, “es Maradona, se levanta solo”. Y no. Esta vez no se levantó.
Como decía Carlos Bilardo, el fútbol es lo más importante de lo menos importante… pero Maradona nunca jugó en esa categoría. Él fue otra cosa. Un dios de barro, como dicen los que saben, con gambeta de ángel y vida de tragedia griega.
🔥 EL VEREDICTO DEL ARCHIVÓLOGO
Acá no hay inocentes del todo. Algunos tendrán responsabilidades penales, otros morales… pero la sensación es que a Diego lo fueron dejando solo de a poco. Como cuando se apagan las luces del boliche y ya no queda nadie para bancarte.
Porque el problema no fue solo médico. Fue humano. Fue estructural. Fue ese combo bien argentino de improvisación, ego, negocio y “después vemos”.
Y entonces queda flotando esa pregunta que nadie quiere responder del todo:
¿Quién mató a Maradona?
¿Los médicos? ¿El sistema? ¿El entorno? ¿O un país que lo amó tanto… que nunca supo cuidarlo?
Como diría el propio Diego: “yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”.
Ahora, la Justicia tiene la pelota.
Veremos si esta vez… alguien se anima a patear al arco. ⚽