EL DÍA QUE LA TORTILLA DE PAPAS SE SENTÓ A LA MESA DEL MUNDO

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EL DÍA QUE LA TORTILLA DE PAPAS SE SENTÓ A LA MESA DEL MUNDO

Hay comidas que son como esos amigos de toda la vida: simples, fieles y siempre listos para salvarte el día. La tortilla de papas es una de ellas. No necesita glamour, ni espuma molecular, ni chef con pinza de depilar. Con papas, huevos, aceite, sal y –si querés discutir en la mesa– cebolla, arma una fiesta que te levanta el ánimo.

Cada 9 de marzo el calendario gastronómico levanta la copa para celebrar el Día Internacional de la Tortilla de Papas, un plato que nació en España pero que hoy se siente en casa en cualquier mesa del mundo. Y sí, también en la mesa argentina, donde la tortilla ya juega en la misma liga que la milanesa con puré o el asado del domingo.

Porque, seamos sinceros: si hay hambre, la tortilla siempre responde. Como diría la calle, “lo simple nunca falla”.

La historia del festejo tiene un origen bastante curioso. Hay que viajar varios siglos atrás, hasta el siglo XV, cuando en España los fieles peregrinaban cada 9 de marzo al convento de Cubas de la Sagra, en Madrid, para homenajear a Santa Juana, una monja muy querida por su fama de sanadora.

El asunto era que el viaje era largo. Y cuando llegaba el mediodía, los peregrinos todavía estaban en el camino, a la altura de Fuenlabrada, a unos 27 kilómetros de Madrid. Entonces hacían lo que cualquier ser humano haría: abrían la vianda.

¿Y qué había en esas mochilas?
Pan… y tortilla.

Con el tiempo esa escena se volvió tradición, y el 9 de marzo quedó marcado como el día de este plato que, sin hacer ruido, terminó conquistando al planeta.

Como diría cualquier abuelo argentino: “de algo humilde salió algo grande”.

El origen mismo de la tortilla tiene varias historias. Una de las más conocidas la cuenta el historiador Javier López Linage.

Según esa versión, la tortilla nació en 1835, durante la Primera Guerra Carlista. El general Tomás de Zumalacárregui necesitaba alimentar a sus tropas con algo nutritivo, barato y rendidor.

La solución fue casi de sentido común:
papas, huevos, aceite, sal… y cebolla.

Una mezcla sencilla que terminó convirtiéndose en uno de los platos más famosos del mundo. Un invento de guerra que después conquistó las cocinas familiares.

Ahora bien, hay otra teoría. La periodista gastronómica Ana Vega encontró documentos de 1767 del área de Agricultura de España donde ya aparece mencionada la tortilla de patatas.

O sea que la discusión sigue abierta.
Pero como diría el refrán: “lo importante no es quién la inventó… sino quién se la come”.

Porque hacer tortilla parece fácil… pero hacer una buena tortilla es un arte.

Ahí van las reglas no escritas que cualquier cocina respeta:

Huevos frescos
Son el alma de la tortilla. Son los que le dan esa textura cremosa que hace que el interior quede jugoso.

Buenas papas
Ni muy aguachentas ni demasiado duras. Lo ideal es que mantengan firmeza y absorban bien el aceite.

Cebolla (tema polémico)
Acá se arma la grieta culinaria. Algunos dicen que sí, otros que no. Pero lo cierto es que la cebolla le suma dulzura y carácter.

Sal
Parece una pavada, pero es lo que equilibra todo el sabor.

Aceite de oliva
El clásico español. Es el que le da ese perfume inconfundible y esa textura jugosa que hace que la tortilla sea… tortilla.

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Con el tiempo la tortilla cruzó océanos, se metió en bares, bodegones y casas de familia.

En Argentina encontró un terreno fértil. Acá se la ve en la picada, en el almuerzo rápido, en el tupper salvador del laburo o en el bar de barrio donde el mozo la trae con pan y una sonrisa.

Porque la tortilla tiene algo que la vuelve universal: es comida de verdad.

No es casual que muchos digan que la cocina más rica es la de la abuela, la que se hace con lo que hay en la heladera.

Y la tortilla entra perfecto en esa filosofía.

Como decía la gran Tita Merello:
«La vida es corta, m’hijo… comé bien.»

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EL VEREDICTO DEL ARCHIVÓLOGO

La tortilla de papas es de esos platos que no necesitan marketing. No tiene glamour de reality culinario ni foto de revista gourmet.

Pero tiene algo mucho más poderoso: historia, calle y memoria.

Está en las mesas humildes, en las barras de los bares, en la cocina de la vieja un domingo al mediodía.

Y ahí es donde la comida se vuelve cultura.

Porque si algo enseñó la tortilla es que con pocas cosas se puede hacer algo enorme.

Y en un país como el nuestro, donde muchas veces “hay que hacer magia con lo que hay”, ese concepto se entiende perfecto.

Así que hoy, 9 de marzo, cuando veas una tortilla dorada salir de la sartén, acordate de algo:

En ese plato hay siglos de historia…
y también un pedacito del alma de la cocina popular.

Porque al final del día, como diría cualquier parroquiano de bar porteño:

“La tortilla no falla… y el que dice lo contrario, que venga y la pruebe.”

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