
Mirá, pibe, el amor a distancia es como la final del 86: no sabés si vas a ganar hasta que suena el silbato. Como decía Giordano, “la distancia es un invento que se esmera en no dejarte abrazar”. Y es verdad, hermano, porque cuando te perdés en un chat, en un audio que llega tarde, es como estar en un tango sin bandoneón. Te falta ese abrazo, esa mirada que te parte al medio.
Como decía Coco Sily, “cuando hay amor, la distancia es un chiste, pero cuando no, es un drama que te parte el alma”. Y lo ves en las parejas del barrio, que se mandan cartas como en los 70, o se ven por videollamada y se juramentan amor eterno. Pero ojo, no todo es romántico. Como decía Fontanarrosa, “la ausencia es un cuchillo filoso”, y cuando la rutina te come, ese cuchillo corta más que cualquier distancia.
Pero mirá, como decía Alejandro Dolina, “la distancia es una forma de amar desde otro lado”. Y es ahí donde está la magia: no es un mito ni una utopía, es saber bancarse los días grises, sabiendo que cada mensaje, cada espera, es como una gambeta que te acerca al gol.

El amor a distancia no es para cualquiera, es como la maratón en San Silvestre. Hay que tener aguante, fe y un poquito de locura. Pero si lo bancás, si no te dejás caer, te prometo que ese amor, aunque esté lejos, tiene más fuerza que un gol de Maradona en la Bombonera.
Por Gonzalo Guardia
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