
Seguimos juntos, nos queremos… pero no pasa nada. ¿Se repara o se acepta?
Queridos, hablemos de eso que nadie confiesa en la sobremesa pero todos comentan bajito en Recoleta, Palermo Chico o San Isidro: el amor está intacto, el deseo se fue a Nordelta y no volvió.
La pareja funciona como una sociedad perfecta —agenda compartida, viajes planeados, vínculos sanos— pero la piel no acusa recibo. Y ahí aparece la frase más escuchada en consultorio, dicha con voz educada y gesto contenido: “Nos adoramos… pero no pasa nada”.
Primero lo primero: el deseo no es una obligación conyugal. No responde al cariño, responde a la tensión. Y la tensión, mis cielos, se evapora cuando todo es demasiado correcto. Cuando el amor se vuelve management. Cuando la intimidad se llena de buena educación y se vacía de misterio.
En barrios altos se dice así: “Nos llevamos bárbaro, somos un equipo”. Perfecto. Pero el deseo no se excita con equipos, se excita con el riesgo mínimo, con la falta, con eso que no está garantizado. El deseo necesita un poco de distancia elegante, no abandono, no drama; distancia simbólica. No todo junto todo el tiempo.
Ahora bien, ¿se repara o se acepta?
Depende. Porque no todo deseo que se va tiene que volver. Y no toda pareja tiene que vivir erotizada para ser válida. Hay vínculos que mutan en algo más calmo, más compañero, más club privado. Y eso, si es consensuado, puede ser precioso.
El problema es cuando uno espera y el otro administra. Cuando uno fantasea y el otro duerme tranquilo. Ahí aparece el resentimiento fino, ese que se sirve en copa de cristal: “Yo te amo, pero ya no me siento deseada”. O peor: “Ya no me pasa nada y me siento culpable por eso”. La culpa es el peor afrodisíaco, sepanló.
En este universo chic del “todo está bien”, el deseo suele caer por exceso de previsibilidad. Nada sorprende, todo se explica, todo se charla. Hermoso para el vínculo, letal para la libido. Como diría una paciente con tapado beige y tono suave: “Nos contamos todo… y bueno, ya no hay nada que imaginar”.
¿La solución? No hay recetas, pero sí pistas:
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Dejar de hablar tanto de la pareja y empezar a vivir un poco más cada uno.
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Recuperar el misterio personal: hobbies propios, silencios, agendas no compartidas.
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Bajarle dos cambios a la corrección: el deseo no es prolijo, es caprichoso.
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Aceptar que amar no siempre implica desear, y que desear no siempre implica amar.
Y si aun así no vuelve, también está bien decirlo sin escándalo, sin traición, sin teatro. Porque en ciertos círculos lo sabemos hace rato: la verdadera elegancia emocional es no forzar lo que ya no vibra.
Como se dice con media sonrisa en los livings amplios:
“Nos queremos mucho… pero ya no nos buscamos. Y eso también es una forma de verdad”.