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Te cuento una anécdota personal?

Te cuento una anécdota personal, querido

lector: un verano, al volver de mis vacacio-
nes en Córdoba (en las sierras) sentí que

me faltó conectarme con el agua. Mi amado

esposo “hadopadrino” averiguó por un cru-
cero de 3 días a Punta del Este y no había

lugar. Me pareció muy raro que Papi (Dios)

no hiciera magia para mí. Soy su consen-
tida y Dios suele acomodar todo para que

pueda ver mis deseos realizados. (Ojalá vos
logres también ese convencimiento. ¡Para
eso te lo estoy contando!)
Como no pudieron ofrecernos un lugar, nos
dijeron que si se caía alguna reserva, nos
avisarían y di por hecho que así sería. Y
fue. Solo que el camarote que quedó libre
no tenía balcón. Agradeciendo al empleado

que con alegría nos daba la noticia, escu-
ché mis razones para no aceptar ese cama-
rote sin balcón y comprendí lo que yo real-
mente quería: un balcón para despertarme

viendo la inmensidad del mar ahí, bajo mis
pies, y hasta el infinito. Un balcón donde
poder ver la caída del sol, metiéndose en
el inmenso mar. Un balcón donde antes de
cerrar mis ojitos para irme a dormir pudiera
ver la enoooorme luna llena reflejada en el
mar.

Entonces, el Universo tomó nota de mi pe-
dido, y como soy clienta habitual, recordó

lo que no deseaba: no me gusta la arena,
no voy a la playa. Me gusta flotar en una
pileta SIN olas. Además, el primer año que
tomamos un crucero, me traje 6 kilos de

más porque no resistí la tentación de cami-
nar esas tres cuadras llenas de comida “en

oferta”, ahí, al alcance de la mano, y reno-
vándose cada dos horas.

En la segunda experiencia en crucero, lle-
né el frigobar de viandas light y me pasé

8 días como Jesús en el desierto, resistien-
do la tentación. No quería comer de más y

volver con esos kilos que se aumentan en
pocos días y desaparecen solo luego de
muchos meses de sacrificio.

Así que, en la voz de mi amado esposo re-
servando tres días en Casapueblo, el mozo

cósmico dijo “su pedido está servido”. Tu-
vimos un balcón terraza SOBRE el mar; ni

playa, ni olas, ni arena ni largavistas: ¡el
mar ahí!
El hotel está en una sierra escarpada que

se adentra en el mar. Se entra a la recep-
ción por la planta baja y las habitaciones

están desde el -1 al -9, donde se encuen-
tra el restaurante y la pileta. Así que tuve

mi balcón terraza en el -6, ¡con el mar ahí

nomás! Tres piletas hermosas, una cli-
matizada. Un lugar totalmente distinto a

cualquier otro hotel, con la libertad de ir y
venir con nuestro vehículo, las veces que
queríamos, adonde se nos antojara. Con
ingestas normales, paz absoluta y mucho

placer. Recordé con gratitud que el Univer-
so escucha nuestro REAL anhelo, y nos lo

provee. ¡Grrrrracias, Dios! (y gracias a mi
amado esposo).

Vaya esta anécdota para que puedas iden-
tificar cuál es la sensación que se presenta

cuando elevás tu pedido al Universo. Por-
que si tu deseo es una casa grande, y lo pri-
mero que sentís es el cansancio de pensar

en limpiarla… ¡el Universo, generoso como
siempre, no te la acercará!
Y si lográs sentir que todo, todo, TODO lo
que está en tu vida es para tu beneficio,

estarás asumiendo la posición ideal, que-
rido lector.

Que lo aproveches.

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