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Marcelo tenía 19 años cuando debutó en diciembre de 2005

Tiene 33 años, se retiró hace una década y es el autor del último gol de Instituto en Primera
Cuatro graves lesiones en sus rodillas alejaron muy rápido a Marcelo Moreno del fútbol. Hoy tiene una inmobiliaria y anhela que pronto alguien rompa esa estadística que consiguió en 2006.

Fuente mundo D

No importaba que el equipo ya hubiera descendido. Al gol lo gritó igual. La gente se trepó al alambrado como si aquel tanto sirviese de algo. Corrían 33 minutos del segundo tiempo e Instituto se ponía 1 a 0 arriba ante Vélez, en el Monumental de Alta Córdoba. Aquel domingo 14 de mayo de 2006 fue Marcelo Moreno quien marcó lo que hasta hoy sigue siendo el último gol de la Gloria en Primera División.
Su remera dorada, los abrazos con Gonzalo Bergessio, Nicolás Castro y Pablo Frontini, y el grito de “Ooohhh, vamos a volver” ya son parte de un pasado lejano. Los frustrados ascensos se fueron transformando en una pesadilla para una hinchada que así y todo nunca bajó los brazos.

Aquel partido luego terminó 1 a 1, por el gol de Vélez sobre la hora, y fue recordado días atrás en varios medios por la foto que este diario publicó de Ramón Ábila trepado al alambrado, pidiéndoles una remera a los futbolistas.

Pero el tiempo pasó tanto para “Wanchope” como para Moreno, que en pocos años vio cómo su promisoria carrera se venía a pique.

Marcelo tenía 19 años cuando debutó en diciembre de 2005, en la derrota por 2 a 0 ante Arsenal de Sarandí, en Alta Córdoba. El DT que lo mandó a la cancha fue nada más y nada menos que Fernando “Teté” Quiroz, pero meses antes vivió una situación por demás particular.

“El que me sube a la Primera fue Jorge Theiler, un técnico que estuvo poquitos partidos en el club. Me cita y al día siguiente Instituto se come cuatro con Newell´s, en Rosario. Así que lo echaron. Yo llevaba un día nomás de entrenamiento y no sabía si debía volver a las inferiores o seguir con los profesionales. Estuve toda esa noche pensando en eso”, recordó Moreno, quien hoy tiene una inmobiliaria llamada «Fondo Norte».

En Primera metió dos goles en sus ocho partidos. Lo fueron fogueando para la B Nacional, porque el equipo ya estaba descendido en las últimas fechas. En la segunda categoría, jugó 17 encuentros más y anotó un gol.

“La idea de ellos era comprarme para luego prestarme a otro club de allá, tengo entendido. Acá en Instituto hubo dirigentes que pusieron trabas y al final el pase se cayó. Y después me volví a lesionar. Me quedé libre y ahí me fui a Paraguay, donde me retiré con apenas 23 años”, le dijo el enganche a Mundo D.

Allá vivió una experiencia traumática. Tantas eran sus ganas de jugar al fútbol que, sin tener los papeles, se fue a probar suerte al Tacuarí. Entrenaba, pero no jugaba. Y como no jugaba, no veía un peso.

“Con Franco ‘el Percha’ Quiroga y Benito Montalvo llegamos a pasar hambre en serio. No teníamos dinero para nada. Lo único que cenábamos era gracias a un panadero que nos daba a la noche las sobras de su local. Pero no quería avisar en mi casa. Sabía que si llamaba, mis viejos iban a pretender que vuelva a Córdoba. Y así no iba a tener la chance de jugar al fútbol”, precisó Marcelo al recordar sus días más difíciles.

La aventura no duró mucho. Se volvió a nuestra ciudad y cansado de las lesiones se alejó del fútbol. Con 24 años, entró a trabajar en un call-center y se topó con una realidad tan dura como la que vivió en Paraguay.

“Fue tremendo el cambio. Yo venía de ser un pibe que a los 18 años ya tenía su auto y su plata. Era un flaco al que lo esperaban en el club con la ropa doblada y el masajista listo para atenderme. Pasé de moverme como una estrellita a chocarme con eso de estar soportando media hora por teléfono a un cliente enojado. Los jugadores cuando son jóvenes viven en una burbuja tan grande que no tienen ni idea de lo que les espera el día en que dejan el fútbol. A mí me pasó y es algo que trato de hablar con los más chicos cada que vez que puedo”, reflexionó el ex-Instituto.

Tras la experiencia en el call-center, se dio cuenta que no quería eso para su vida y empezó a estudiar. Al poco tiempo ingresó a trabajar en el Grupo Edisur, donde permaneció unos años hasta que se “abrió” y hoy trabaja en su propia inmobiliaria.

Su nueva vida

Va poco a la cancha, más que nada lo hace para acompañarlo a su viejo. Le costó mucho al principio volver a relacionarse con el fútbol, pero siempre tuvo la tranquilidad que hizo hasta lo imposible para seguir siendo profesional. “Llegué hasta meter cuádruple turno de pileta en el club, una locura”, recuerda Moreno.

Hoy está casado, tiene una hija que le cambió la vida y despunta el vicio jugando en la Ucfa para Yupanqui. “Aunque parezca mentira y hayan pasado tantos años, la rodilla todavía jode después de cada partido”, se lamenta Marcelo.

Antes de eso, jugó en algunos equipos de campo para ganarse unos pesos, pero no lo motivaba en lo absoluto y dijo «basta».

Mientras tanto, todavía tiene un récord que le gustaría que pronto se rompa, porque 14 años en la B Nacional son mucho para cualquier hincha de Instituto.

“Me acuerdo de todos los detalles de ese gol. Recuerdo hasta lo que sentí al momento de impactar la pelota. Incluso, hay algo muy loco y es la diferencia entre el instante en que yo veo que la pelota ingresa al arco cuando hacía un gol y el estallido de la gente. Es como que el grito llega medio segundo después, no sé bien por qué ocurre eso, pero siempre me llamó la atención. Ojalá pueda ser uno de los que griten pronto el próximo gol de la Gloria en Primera”, concluyó Moreno.

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